6.5.08

El virus.

La realidad era desastrosa, ya no había manera de combatir la enfermedad. Y se esparcía cada vez más,no existía partícula que no estuviese infectada por el misterioso virus sin nombre, sin cura. Ingresaba por algún lugar de la boca o las venas o las neuronas y destruía sin evidencias todo cuanto encontraba. Pieles, carnes, huesos, ropa, líquido, tejidos. Era un consumidor peligrosamente ambicioso, y una vez que entraba ya no salía del cuerpo, la partícula, el trozo de aire. Sin embargo era contagioso, de la manera más inexplicable se reproducía y llenaba todos los espacios vacíos de una futura y dolorosa muerte, que se avecinaba y dolía tanto, era insoportable saberlo adentro y esperar resignados el día en que terminara de consumirlos por completo.
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Los días ya estaban acostumbrados a tanto gris, no les sorprendía la sensación de falta de algún que otro trozo de cuerpo, ni ver cómo la ciudad se derrumbaba por dentro, entregada. No había nada que hacer, hacía rato la esperanza estaba muerta y probablemente ellos también, muertos ante la desesperación de no saber, de no encontrar una explicación para todo ese dolor concentrado a través de las calles y los edificios y las plazas que habían sido felices cuando aún había sol y sonrisas y vida. Pero ya no, nadie se quería por haber perdido la lástima, la piedad. Completamente destruidos, aturdidos, feos. Y antaban sin mirarse y hacía meses o años que no besaban más que su propia lágrima, y sólo aparecía de vez en cuando, cuando se daban cuenta de que aún quedaba un resto. Ahí era donde lloraban, llenos de sentir algo tan ajeno, un deseo de volver a ser. Volver. A un mundo casi tan triste como ese, tal vez más. Pero querían, sí que querían, apenas podían, pero era lo único que ansiaban. Saberse vivos, o muertos, o algo. Pero saber sin tener que pasar por el sufrimiento de la entrega, o el extrañar, o el contener. Y tenían que, para saber. No había opción.
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Era tan insano el olor a muerte. Esa, la que robaba más al vivo que al muerto. Porque la soledad era cada día un poco más cuel, se mostraba orgullosa y se reía del desastre. Pero no, no podía llamarse desastre. Más bien la costumbre del horror transformada en rutina prácticamente tangible. El vacío era ya respirable, se veía sin esfuerzo y no molestaba a esa altura, una etapa de extinción de especies y partes, de falta de sentir, y qué iban a sentir si vivos o muertos, muertos estaban. Estar respirando el aire pesado que había sido tan puro alguna vez, y cómo todo se transformaba a través del tiempo sin contar nada, sigilosamente y de repente miraban y era otra cosa eso que había creído tan suyo. Etapas, cambios, aceptarlas. Si acaso había una manera de aceptar la imagen, y la había porque no hacían nada por enfrentar la muerte ajena que ya era vida de tanto morir y nacer y volver a morir, ya no tenía nombre ni expresión, una sensación de vació y aire contaminado por el pasado viviente.
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Terminó y comenzó todo como inacabable, un mundo carcomido por sí mismo, por su propia obsesión y su propio miedo incorporado. Plenitud de sucesos que no habían sucedido y sobrevivía esa confusión de un pueblo que deseaba arraigarse a algo, lo primero, lo más fácil, lo accesible. La eterna necesidad, el miedo enfermizo, la vivencia de la propia entrega, tan entregada que no hacía falta nada, sólo esperar ese momento de imperceptible muerte, consumiéndose mientras tanto cada trozo de cuerpo carnoso, vaciándose de signos vitales poco a poco, una lejanía de la propia esencia que parecía ser tan propia pero no, se escapaba de las manos y los brazos y los ojos como saltamontes, y caían retazos de esa biología que ya no servía, descartable. Y esperaban. Librarse de esa carga de ser y vivir, de sus responsabilidades para, por fin, entregarse a la inexistencia.

3.5.08

El siglo veintiuno: los bandos.

Nos paramos frente (y entre) una sociedad y la miramos objetivamente. Podemos comenzar con la visión general: una mayoría, cuyos principios y costumbres no se escapan ni quieren escaparse de la estupidez, el materialismo, la falta de incentivo, la necesidad. ¿Qué necesidad? Integrarse, cueste lo que cueste, a un grupo, y ese grupo será, naturalmente, el que abarque mayor cantidad de gente, porque al mismo tiempo es el más accesible. ¿Y qué más accesible que esa estupidez, el materialismo, la no-actividad productiva, la mente en un eterno stand-by? Se aferra uno a lo más fácil, una moda impuesta e innegable que está y lo obliga a ser parte de ella y SER ella. ¿Y en qué se justifica esa obligación? En sobrevivir a un mundo colocado, en que miramos a nuestro alrededor y no vemos más que lo que nos muestran, y caemos como moscas en la tela de araña, la venta de una realidad que parece ser la mejor: la pasamos bien, tenemos amigos y somos parte de la sociedad, no estamos aislados y nadie nos discrimina. Creemos ver la perfección, al fin encontramos un lugar en este mundo perdido... ¿O acaso no seguimos tan perdidos como siempre, tal vez más? ¿No andamos, sin saberlo, con una imagen del mundo que no es? Si es tan cruel la realidad afuera de la fantasía de la moda, si ver las cosas tal cual son, si pensar es tan triste... ¿No es mejor vivir en la comidad de la masificación, ser otro ladrillo en la pared? Puede que sí, la vida debe ser teóricamente mejor en esa nube de risas, vacío y música cuadrada, amistades forzadas, besos que no son nada y constante competencia con el par. Pero existe un esfuerzo sobrehumano por pertenecer a esa realidad paralela que se crea a medida que ellos la van llenando de mentiras. Tan real, o no, qué importa, ellos ya están ahí, y puede que estén bien.

Ubicándonos ahora en la otra parte: la minoría. Vemos desde afuera, tan cercano, a ese mundo ya planteado. Los odiamos, nos burlamos, los criticamos e intentamos no parecernos ni un poco a ellos. Podemos basar nuestra existencia en ese esfuerzo de la originalidad, nadar contra la corriente, crear una realidad nueva basada en escuchar música de categoría, leer libros, tomar café y mantener largas charlas filosóficas. ¿Pero no estamos constantemente pensando (naturalmente, porque convivimos) en ese mundo al parecer tan ajeno, intentando la creación de una nueva raza anti-moda? Sí, y la creamos. Pocos, perdidos también, muchos indefinidos. No encontramos un lugar en el mundo, pero sabemos que estamos ubicados lejos, infinitamente lejos de la ignorancia, las masas, la ropa ajustada y la música electrónica. Tal vez sea nuestra única certeza, y de ella nos aferramos. Nos sentimos seguros, aparentemente, con esa personalidad distinta al resto y estamos parcialmente identificados, nos basamos en el pasado como criterio (época de oro de los adolescentes) y nos esforzamos para no ser jóvenes de hoy, no ser iguales.
El planteo está hecho y evidentemente nosotros sabemos que lo hacemos porque queremos (y puedo asegurarlo sin lugar a dudas), con orgullo con ganas. Pero estamos fuertemente integrados a un mundo vacío de nosotros, de inteligencia, de dudas y puede que vivamos en él también, pero somos felices. ¿Somos felices?


Nota 1: Se las dejo picando.
Nota 2: Abro debate, cualquier opinión, sugerencia, oposición, será bienvenida. Bueno, oposición no.
NOTA GENERAL: yo sé que por más que intente poca gente va a leer este texto sin dejarlo por la mitad, al igual que seguramente muchos textos anteriores con más de diez renglones. Lo sé, quería decirlo como para que sepan que tengo bastante clara la realidad, oh maldita realidad.
Pero estoy bastante bien igual, aunque sea infinitamente aburrida yo y mis cosos. Si no fueran míos, seguramente tampoco los leería. Tal vez, no sé. Sí, los leería. Pero mierda, hay un mundo ahí afuera y yo no estoy en él o sí, quién sabe.
Quién?

2.5.08

Fragmento 2.

Y percibirlo era eso tan indescriptible, saberlo ahí. Y llegaba la noche y otra vez esa sensación inefable de tenerlo enfrente, y el besar su pelo bajo la luz tenue del cuarto vacío, tan vacío... Porque no iba a volver, estaba tan claro que aún podía llorar en silencio, avergonzada porque lo había visto, sí, y estaba ahí, y cómo podía ser, si en realidad tan lejos estaba que ni una sombra había dejado en ese rincón, en ese cuarto donde las noches eran suyas...
Y en cada trozo de aire estaba su aroma asesino, llamándola, tan seductor que no podía resistir la tentación de dejarlo todo y buscarlo hasta perder la conciencia, dejar esa vida para comenzar otra de infinito descontrol, sólo porque permanecía en ella ahí clavado el olor del pasado, como un puñal que tampoco intentaba sacarse, si era tan feliz sabiéndolo ahí. Si era tan feliz tocando el aire con la yema de sus dedos, sonriéndole.
Y qué iba a hacer, si la noche no terminaba y podía hacer y deshacer a su antojo, el tiempo no funcionaba y su boca reseca pedía a gritos un pasado que no iba a volver, y cómo asumir que era hora de vivir, que no valía la esperanza a la hora de saber que había un mundo, uno sólo y era ese, y él ya no estaba allí.

29.4.08

Dormías.

Me bastó verte dormir entre las sábanas blancas, con tu cara dibujada entre las arrugas de la tela. Sentía que me estabas mirando, y dormías tan profundo, esa respiración tan pura. Si hubieras sabido cuánto tiempo había apoyado mi mejilla en la almohada, rozando apenas tu boca y aprovechándome inocentemente de tu vulnerabilidad. Y no puedo decir que me aprovechaba si es que aprovecharse no es sentirte mi propiedad entera, es hacerte y deshacerte apenas resoplando un poco sobre tus pestañas, es posar mi dedo índice sobre tu labio reseco, tu boca que me llamaba tan necesitada de la mía. Pero no, el silencio era tan crudo, y para qué recordar el silencio si ahora te movías apenas con un gemido de incomodidad, y pensaba en lo que estarías soñando. Y cómo iba a saberlo si sólo era tu presencia esa certeza, tus ojos ausentes. Tan ausentes que me dolían, me dolía que no supieras que ahora te acariciaba como a un bebé y a su piel de porcelana. No sabías que en tus sueños también estaba yo, respirándote y sonriendo sin importarme el tiempo.

El cementerio.

Era otra vez comprar esas flores y sentir ese cansancio de muerte y soledad. Y asomándose la noche y yéndose un poco esa luz de mediodía arrastrado, me rendí. A ver que al final era otra vez comprar las flores, y ese cementerio tan desierto, y esa oscuridad llena de resentimientos, y ese aire tan pesado y tan lleno de lágrimas que no debieron llorarse. O sí, porque podía respirarlas y saber que ya era una costumbre el sentir tan clavada a la muerte, tan cercana susurrándome, su insinuación. Y se quedaba ahí, junto a mí, cada vez era menos mediodía y más nada, una nada que al llenarse de vos se volvía tangible, real. Poder tocarte al menos en la finitud del viento, saber que en tu presencia estaba la inevitable ausencia que apenas quería saber, para qué si tan linda como siempre permanecías a través del tiempo, a pesar de tanta muerte que tenías que oler. Pobre de vos, cuántas cosas tenías que escuchar, cosas horribles, los llantos, los abrazos. Y vos encerradita ahí, sin saberte viva, sin saber que existía la libertad.
Y hoy ya es tarde porque te dejé, enceguecido porque esa vez me tocó el hombro y me susurró palabras horribles, tan horribles. No vuelvas, no. No lo intentes. Decía y corrí olvidándote por un instante, porque nunca te olvido, pero es que ese momento fue pensarte tan muerta, y no estabas muerta.
Debí salvarte, pero qué iba a hacer, si de cualquier manera íbamos a terminar uno acá y el otro allá, extrañándonos, porque todos quieren que nos extrañemos hasta el último aliento, a pesar de que te supe viva, tan viva que pude haberte tocado y sacado de ese calabozo de olores nauseabundos, la pocilga de la muerte que engaña. Pero ya no, ahora ya no compro flores, ya no te veo tan linda porque fue ella la que te engañó. No vuelvas, no. No lo intentes. Te dijo.

27.4.08

Silencio.

Se trata un poco también de esa vorágine de la finitud. Lo fugaz que se vuelve eterno por ser costumbre incorporada. No detenerse a pensar, la utilidad del tiempo. ¿Es, acaso, tan valioso como dicen o sólo nos distrae para no recordar que todo termina? Un círculo que apenas pericibimos y perseguimos como moscas, o como nosotros a las moscas que siendo moscas ya molestan, por ser en su esencia. Y es en esa mirada limitada del encierro en lo ya establecido se encuentra la paralela estupidez, la falta de magia, la adaptación a un mundo que apenas sabemos que existe pero nos aferramos a él porque parece que es lo más seguro. ¿Y no es esa seguridad tan frágil, tan rompible como pensar que somos capaces de escaparnos de nuestras condiciones prmitivas? Tal vez es la libertad que tenemos como la que se nos quita, sólo por el hecho de ser libres. Ser libres tras un engaño hermoso de difiniciones de cocina. Decidir, el futuro, elegir, posibilidades, errores, aciertos, culpas, responsabilidades, sentido. Toda su abstracción dentro de la independencia tan dependiente de ella misma, de la realidad que limita hasta el útlimo gramo de aire, porque es realidad y tiene un título tan antigüo, tan así y no asá, ¿para qué cambiarla? Si es y está y nos elige como esclavos entregados a la verdad absoluta. Pero en esa esclavitud está la verdadera libertad, la de saber, y sólo saber que no existe ese absolutismo de dominio. ¿Y sabrá la libertad que el esclavo ya asomó una pestaña hacia la luz que enceguece y hace llorar, que ya, en el infinito y horrible silencio de la condición, alguien pudo escaparse y oler y desarmar las piezas de un mundo armado? No, ella no sabe nada. Vive en el engaño de ella misma, la realidad que domina y es dominada, redefinida infinitamente a cada instante, inventada y destruida por las mismas manos. Esas manos que a pesar de su esclavitud monstruosa, aún saben escribir estas palabras. Pero silencio, porque ella no sabe nada.