31.1.13

Diagnóstico.

Nosotros no dudamos de que esto es lo que pasa: ellos despiertan sus estados reprimidos, que con tato esfuerz logramos disipar, cuando una sombra verde, dicen, se proyecta en la pared. Oímos sus gritos, dimchillidos animales, llantos de bebé amedrentados, acudimos a verlos con agujas y armas, pero cuando  llegamos ya no están. Desaparecen, están muertos, golpean la pared hasta deshacerse y penetrar en ella. Se esconden en oscuridades desconocidas, y nos preguntamos, sin decirlo, si alguna vez existieron, si no hemos invertido nuestro dinero en nada.

Regresamos al trabajo y hablamos de un proyecto inconcluso, esperamos la hora del descanso, opinamos sobre eventos exóticos y no concluímos. Ellos, desaparecidos, proyectan en nosotros algo parecido al desamparo. Y al menos sabemos, en silencio, que no están muertos, que con su ausencia fortuita no dejan amargura, como lo haría la imagen de un cadáver.

Alguien entra al cuarto y luego afirma que vio una sombra verde en la pared y una neblina. Alguien enscribe: la pared contenía algo que la humedecía, y luego de decirlo comenzó a llorar, porque una angustia recordada de un sueño había regresado. Y aunque las angustias no hagan llorar, lloro, decía, porque un fantasma las tiene entre las manos, como podría tenernos a nosotros, volando a través de frágiles paredes y proyectando quién sabe qué turbia sombra.

19.12.12

El arma del diablo



No importa. La falta de motivación es un juego. La sensación de estar actuando. Uno se queda así, parado en la puerta, y todas las palabras que  se le ocurren se borran en una pulsión incontrolable de la memoria por destruirlo todo. Por dejar, como en resaca, sólo agujeros débiles y negros que significan una cosa y no despiertan la ambigüedad que despierta el resto del mundo. El pasado es todo contracción en las rodillas, bollitos pequeños en el fondo del cerebro.


Jugamos. Estamos alertas a un cambio imposible. Tragamos saliva, se nos arquean las cejas ante una noticia. Y tratamos como mártires de exponernos frente a los culpables de nuestra desidia sin pedirles explicaciones. Después otra vez: el juego de la actuación, de asumirse a uno parte del absurdo, de comerse las sobras de la pena con vino, una sensación de libertad, fabricarse una casa de sábanas adentro de una casa, estar en la casa de sábanas como un refugiado que no merece otro lugar. Ahí adentro, si no movés la pieza tu lugar será siempre el mismo. Pero los nudos, las contracciones, los chicles pegados a las patas que impiden mover la mesa. Pero tantas tormentas pronosticadas, tantos designidos del destino. Estoy señalado por el arma del diablo y me persigue hasta cuando camino por la calle y parezco y me siento uno de los otros. No te preocupes, estamos jugando. Es ver una película y llorar a pesar de y porque el villano no existe. Sin la contradicción serías punto muerto: respirá hondo, llénate de paz, no sos como los otros, porque nadie tiene los nudos. O cada vez menos. Los hombres son cada vez más una sustancia completa, sin capas superpuestas, sin factores en conflicto, una cosa chata y lineal que a lo sumo elije cuerpo o alma para que cumpla el papel correspondiente. Pero vienen con la imposibilidad adosada e que  se choquen. No desesperes, ellos a los diez años dejaron de jugar, a vos te queda una vida por delante. Por cada movimiento dudoso, cada vez que habilites al enemigo, cada mentira que te fabriques, cada vez que llores, ahí sonará la campana, se levantarán los espectadores, y una ola de gritos desesperados esperarán que esta vez sí, esta vez llegues antes. Y no te importarán los demás, que corren a veinte kilómetros atrás tuyo, te importará el arma del diablo que sí, que está siempre cerca.

22.2.12

Rat


"La libertad es la posibilidad de aislamiento. Eres libre si puedes alejarte de los hombres, sin que te obligue a buscarlos la necesidad de dinero, o la necesidad gregaria, o el amor, o la gloria, o la curiosidad, que en el silencio y en la soledad no pueden encontrar alimento. Si te es imposible vivir solo, naciste esclavo. Pueden ser tuyas todas las excelencias de espíritu, todas las del alma: será un esclavo noble o un siervo inteligente, pero no serás libre." Fernando Pessoa




Ahora todo es una rata. La calle, la ciudad, los cordones asfaltados y sus agujeros de aguas estancadas, las luces podridas de los suburbios, los barros pisoteados por los chicos, el paisaje urbano desde la ruta. Todo tiene bigotes blancos, cola larga y serpenteante, mirada fría y parpadeante ante la luz. Todo besa las migajas que sobran y las huele con desconfianza, evaluando a la presa como a una gran y única misión secreta y los cuerpos de la gente son pelos erizados y los besos que se dan son los roces peludos de sus puntas, y en cada atardecer las sombras se mecen sobre su gran cuerpo y dejan entrever sólo su contorno erguido, que busca alimento para pasar la noche. Ahora todo es, sin querer decirlo, sin que nadie quiera saberlo, una rata con las garras abiertas al sol. Y cuando llueve, la rata se oculta en sí misma pero aún así se moja, y amanece para que sus pieles se sequen lentamente, haciendo que las nubes se disipen y el sol encandile engreído y haga sentir a los charcos fósiles insignificantes. La rata es la ciudad, ruidosa, menos que una gran ciudad, más que una rata o no, es la rata, zarandea sus ramas cuando azota el primer otoño, las oleadas de soledad sobre las hojas, la rata hace repiquetear sus patas en baldosas irregulares, se hace notar en el peor silencio de la noche, cuando recién empiezan a bostezar las sospechas, y ya están casi distraídas de sus deberes, los detectives se quitan los anteojos, los niños ya no se escandalizan, las parejas abandonaron por mandato natural su sexo mórbido, las mujeres solas contrajeron sus ojos para evitar los últimos llantos, ya están respirando profundamente sobre sus almohadas con los ojos casi abiertos, cuando aparece, sigilosa, casi fugaz. La rata es un sueño olvidado, y al verla todos recuerdan ciertas nimiedades que brotan como una enfermedad mortal desde su estómago para succionarles el sueño y dejarles a cambio una única imagen que ya no extirparán. Una voz como de niña aparece. Susurra una canción bien pronunciada en inglés, el viento la lleva y su origen es indescifrable. La rata anduvo en todas las casas pero nadie se levanta, ya sea porque ya estaban levantados, ya sea porque estaban recostados y la amenaza del roedor los escandalizó tanto que no pueden moverse y ven venir su mordedura como el único gran suceso que podrán contar algún día. Aunque la voz no calle, está incorporada al silencio, es una canción de cuna para un montón de cuerpos.


Cuando todos despiertan, ya no se desperezan. Abren la boca para mostarle sus colmillos al aire, el aire no responde y beben cualquier agua para salir a andar las calles frías de humedad y un ambiente de próximo asesinato. La mujer añora un hombre pasado y ya sabe que no lo olvida, baja la cabeza y aunque otros ojos aprecien su belleza fresca, ella siente los suyos rojos y las luces la enceguecen.


Allí hay una cueva, aunque sabemos, la cueva es una rata.

5.12.11

la tarde

Si no vas a tirar todo lo que escribiste, pulilo.

Pensá que sos un carpintero: hiciste un montón de sillas a medias. A algunas les falta una pata pero están pintadas, las otras están enteras pero sucias, o son demasiado feas pero con buena estructura. Una encima de la otra, no se conectan, no hay un concepto, una razón, no hay una casa donde vayan a estar, un restaurante, una plaza, la sala de espera de un hospital, nada, duermen con vos todos los días, parecen gatos muertos, peor, nunca estuvieron vivas, pobres sillas. No te dan lástima, Paula, tan solas, tan inconclusas, tan despojadas de una funcionalidad, todavía con la esperanza de ser como las grandes sillas de la realeza, quieren guardar los culos de reyes poderosos, de presidentes millonarios, o quizás otras prefieran niñitos con harapos, o gordas con trapos sucios que descansan con un cigarrillo entre los dedos hinchados, cada una tendrá sus ambiciones, sus deseos de princesa, sus pretensiones y sus inseguridades. Se parecen a los hijos descuidados que la gente da en adopción, sólo que para vos tus sillas son tan hermosas, y sos tan insulsa y orgullosa que no te animás a dejarlas en libertad, entonces las retenés mientras sufren, se pudren y degeneran, tienen novios malos y drogadictos que les hacen nacer ojeras y arrugas, las invitan a los vicios y al sexo sin protección, tienen enfermedades venéreas y mortales, o adoran cortarse las venas con cuchillos de manteca para darle de beber la sangre al gato. Algunas son homosexuales y tienen remeras de bandas que les quedan cortas, unas rubias, otras morochas, pero eso sí, todas inconclusas, las sillas, las pobres sillas. Llegará también el día de su muerte, iguales, rotas, sin pintar, sin piernas, con la pintura descascarada y el barniz sangrante, sin el desenlace elegido, será otro, el impuesto por el tiempo, el mismo fin de los mortales, que si no se suicidan, si no los pisa un auto, si no se mueren de amor - como vos querés, en el fondo, que tus hijas mueran - perecen solos en el simple momento de no respirar, se les ablandan las manos, los ojos se voltean, la sangre se congela, los músculos se relajan, y adiós.

Ojalá tus hijas tengan un final así, tan trágico y terrible, tan parecido al de todos algún día pero sin embargo develador, una luz celeste, nada, es como todos, vas a pensar, y eso que ahora las sillas están en el cuarto, les da la luz concreta de la tarde, la madera iluminada te invita: lustrame, contorneame, limame, lanzame, aniquilame con un cuchillo, agujereame, no te duermas, porque te estás durmiendo, regalás la imagen de tu muerte, Paula, si tenés sillas ahí, como tantos otros quisieran tener, sillas, para venderlas y mostrar tu talento, viajar por el mundo con ellas en una camioneta, repartirlas a los embajadores, a los diputados, a los pobres marginales, a los pacientes de los psiquiátricos, a los ancianos con andadores que no puedan cruzar la plaza, Paula, la gran estrella mundial, cotiza sus sillas en euros y en dólares, candidata al premio Nobel el año entrante, miren sus sillas, tan turgentes, tan brillosas, tan maravillosamente terminadas, relucen en las calles de San Francisco, de París, de Venecia, de Lisboa, de La Habana, todas las comunidades la aplauden, la veneran, sus sillas unen culturas de todo el mundo, y ella lleva un largo vestido blanco y tiene su silla preferida en el regazo, la última, dice que la próxima saldrá dentro de dos meses, aguarden con ansias su llegada, es para la ansiedad, para que recuperemos la relajación perdida en estos tiempos, es acolchonada, roja y reclinable, perfectamente acabada, quien se siente en esta silla, dice Paula, no pretenderá otra satisfacción en la vida, sonríe, saluda con las manos y todos aplauden mientras balbucean entre sus abanicos, qué talento, qué mujer.

Y vos con tu silla en las piernas, como están todas ahora pero en vos, imaginalas, despiertas después de este largo sueño como si fueran enfermos que es preferible que descansen porque despiertos son un problema para la familia y los trabajadores del hospital, si tuvieras las herramientas, su pudieras estirar un poco el brazo, así encontrarías los pinceles, las pinzas, los punzones, los martillos, lo que sea estaría bien, tardes de encierro, ahí arriba, dibujando los detalles, descartando las maderas podridas, pero después vendrá el éxito, en constante subida, ya sabés, estrellas en la cabeza, peinados ominosos, primeras tapas en revistas y el dinero saliéndote por los poros, por las orejas, y las sillas, tan solas ahora, donde estén, bueno, donde las mandes cuando despierten, pobres sillas, tan sobre las sombras, qué futuro les espera, ya verán, ahora tranquilas

duerman.

13.11.11

el pedido 1

Hace años que intento escribir una novela, a pesar de que su elaboración me parezca, de por sí, un trabajo vano, demasiado realizado a lo largo de la historia y que, por otro lado, me sería imposible concretar en mis circunstancias actuales - convivencia con personas ruidosas, bloqueo mental para la creatividad y exceso de trabajo diario, está bien que son excusas, razones buscadas en el exterior, pero razones al fin, puedo decirte - y como esta falta de posibilidad para hacerla me encierra en una depresión especialmente a altas horas de la madrugada, es decir ahora, cuando mi pulso conserva un cigarrillo entre mis manos y la noche me regala una soledad desacostumbrada y evidentemente casual, y los autos pasan en su pulsión acelerada para recordarme mi inmovilidad, te escribo con el sencillo y banal objetivo de que me cantes, sin ningún tipo de prejuicio ni elaboración previa, un argumento posible. Entiendo que elaborarlo no es sólo cuestión de imaginación infantil - cosa que, por otro lado, he perdido - sino de una noción de las necesidades narrativas y estilísticas, que requiere trabajos y estudios de cátedra, amplios conocimientos sobre las elaboraciones novelísticas anteriores y una originalidad inusual en estos tiempos en que todo parece ya hecho por manos que placen enterradas bajo nuestros pies hambrientos de nuevas ideas.

No voy a plantearte condiciones para que una tarde, con los ojos desorbitados y los dedos temblándote de ansiedad, te sientes en tu silla de algarrobo, frente a tus papeles viejos, frente a tu pantalla blanca, a escupirme una sinopsis perfecta de lo que será, dentro de unos años, la novela del siglo, aunque sea olvidada en el siglo siguiente, o juzgada con desgano como la mejor novela de la primera mitad del siglo veinte, cosa que, todos sabemos, no significa nada más que el hecho de que seré mejor que mis contemporáneos, y eso no me estimula gran cosa. Sino que te exijo una capacidad de la que carezco, como se le exige a un amor todas las virtudes de las que uno prescinde. Escapate de los lugares habituales, no necesariamente de una manera física, y contraé tu musculatura hasta no tener noción de ella. Lo mismo con los sentidos y con las articulaciones. Sentite, en sentido figurativo, como una estatua observando superior el mundo cubierto de musgos y débiles gusanos, apreciando con ojo preciso todos sus bericuetos, sus interrelaciones, las luces celestes que brotan en los cortocircuitos, las conexiones perfectas entre las especies animales, y extraé como una bruja extrae de entre una mezcla de cabellos y sangre, una metáfora deliciosa de la existencia en la tierra. No es este un trabajo que nadie haya realizado antes: probablemente todos los escritores de grandes novelas lo han hecho. Y por eso confío en que no será para vos más que un trabajo que, sabiendo que ha tenido buenos resultados, realices con gran relajación en tu mente, a pesar de todas las tensiones que te solicité, y que sé que sabrás perpetrar con detallada perfección.

Espero que comprendas la gravedad de mi momento, que por otro lado, a simple vista, no demuestra grandes dificultades - mi calidad de vida es, naturalmente, casi absoluta, en términos de lo que se determina en las estadísticas - pero que, paralelamente, encierra un trasfondo torturador y monstruoso. Mi vacío creativo es una bestia negra que surge desde el fondo

de un pozo, en las mañanas soleadas, en las tardes roncas, para recordarme la tragedia de mi vida sola, de mi muerte inevitable, de mi falta de capacidad para llevar a cabo cualquier acción que pretenda mi inmortalidad. Te veo leyendo mis palabras con tu paciencia exhuberante, con tu aire altanero y soñador entre el humo de tu tabaco oscuro, y casi lloro al imaginar tu pensamiento trabajando en la historia al mismo compás que mis palabras. Somos dos creadores innatos cuya capacidad de creación ha nacido incompleta: basta esta carta para demostrarlo. Solicito la imagen de tu mano surgiendo desde las olas torrentosas de un río cuya corriente rápida vuelve a la catarata un destino inminente, el beso de tus labios secos sobre las mías, en casi completa proporción, torcidas entre las hojas en blanco.

Esperaré tu argumento, mis rodillas temblarán delante de la puerta, y alzaré los ojos cuando oiga el sonido de tu carta cayendo en la puerta de mi casa. Ya que los medios de comunicación actuales no te son cómodos, aceptaré la tardanza intentando mientras tanto crear mi propio argumento, sólo para demostrar que siempre vas a terminar siendo vos el maestro de la creación, y yo una simple empleada de tus pretensiones de éxito, a pesar de que en este momento, mientras me lloran los ojos antes de las últimas palabras, sienta que serás el esclavo más correctamente persuadido y eficaz que algún burgués haya pretendido en la tierra.

17.10.11

Un libro sobre todas ellas


Pronto estaré sorda… Qué es semejante asunto? Una persona cualquiera que queda sorda en un lugar cualquiera. Un cangrejo cualquiera bebe un agua cualquiera y de pronto se intoxica. ¿Alguien lo ha visto vivir alguna vez? ¿Sufrir con otras aguas menos turbias, sobrevivir como los hombres que alguien recuerda que sobrevivieron? Hay un sol eterno sobre las nubes, y los sonidos míos enmudecen. La palabra es, para mí, un susurro que las voces apenas pueden contener, pero ya no voluntario, ya no expulsor, ya las palabras son puntos en el aire. Pestes flotantes a mi alrededor sombrío. Y todo lo que escuché, ¿en qué cueva alguien lo guardará? ¿Escribiré un libro sobre todas ellas, afirmando que es sobre otras, y por esa afirmación detendré el progresivo desarrollo de mi sordera? Premiénme con trofeos aún no oxidados; bésenme las manos tibias, con otros labios tibios en la noche. Búsquenme sobre los escombros de una construcción. Tengo los deseos débiles, las lluvias sobre mis ojos, el futuro pedaleando a favor del viento y cayendo en cascada antes del fin de la tempestad. Tengo el rostro de un gusano que escarba sobre la tierra de los muertos, que los vivos pisan ignorantes. Llevo a mis espaldas los secretos de la tierra – son este dolor sobre las sienes, que siempre curo con drogas de buena recomendación -. El progreso de mi enfermedad no es prolongado: todos ya sufrimos hoy la enfermedad de la que moriremos. Mi sordera sabe a escarcha sobre el cuerpo que amé y ya no. A verdad cantada a todos los vientos del oído multitudinario – ellos la oyen como a una devastadora noticia sobre muertos y maldiciones – bailando entre los vestidos de las mujeres solas. Los hombres las acompanan con un sarandeo de primera clase, muy bien visto, felicitado con flores rojas entre su pelo negro. Qué bien se posan todos para mi última foto. Ya recuerdo sus posiciones para la eternidad, ya sé de su imposible compañía, de las palabras que quisieron articular delante de mis ojos. No leo los labios, no reconozco las variaciones, todo movimiento es movimiento, no mensaje, aún oír es una aventura de otra dimensión, un goce que disfruto con la mirada posada en un poste, todos los sentidos apagados, todas las incertidumbres archivadas dentro de otras incertidumbres de grueso calibre.





Olvidé el zumbido del viento entre las hojas, ¿importa acaso recordar lo que se percibe en un segundo? Alguien me amó y yo escuché su palabra como a la de un enviado desde mí misma para develarme todos los secretos de la inmortalidad. Ya es silencio esta sala blanca. No sé si algo está cantando, si chillan las sirenas de incendio. No muevan los labios en señal de desamparo: yo soy toda desamparo y acá me tengo. Rota, sombra, malherida, cargo un arma asesina entre mis labios secos. Soy sobre todo una tormenta mal esperada, en mí se pudre el musgo de las piedras, desde mí un mensaje que alguien oirá distinto, cuando ya a todos los ataque su propia enfermedad. Mi sordera, su soledad, su avaricia, su desconsuelo, ese rostro penetrándoles la frente sobre la almohada. Ya no rostro, ya no música puliéndome las horas, todo susurro intermitente, sábanas blancas apenas sobre el cuerpo, pestañas abiertas al silencio impostado