5.4.11

la espera

y no sé qué brota de la savia turbia del desencuentro, la espera apacible con los ojos cerrados, un azul e irritable cielo sobre la cabeza inclinada a un hombro vacío, tu voz mi voz todas las voces en gritos disonantes, y el viento que se recorta en mis oídos, los oídos que fueron tus ojos, los ojos que fueron tus labios, los labios que hoy cantan que no hay ausencia cuando se sabe que tu vida está enterrada bajo mis pies dormidos

en una sobria y fría soledad, que recorre siempre los lugares más oscuros, en un laberinto directo a las entrañas, para comerse lo más duro del dolor humano, el hueso irrompible de la esperanza, la muralla de acero de la negación al espejo, al llanto eterno de no saberse vivo cuando otra vida se comió el sabor de la aparente alegría, a pasar las manos sin saberlo sobre texturas placenteras, a saber que existe otro cuerpo entre el propio y la inmensidad del mundo. que todo se quiebre en un solo instante, como ver caer una hoja de un árbol corto, y que muera aplastada por los pies distraídos

calmar la sed y acostumbrarse a sorberse el seso en pensamientos de tu cara, y vivir la realidad como un eterno espejismo, y querer siempre asesinar a quien insiste en los sueños, corriendo en enredaderas de tus manos hacia un sinfin de sensaciones que la piel olvida, como no recordar cómo es quemarse, o que se difumine en el aire el goce del tacto acercándose, aquel presagio previo al placer, tensar los músculos con los pies cerrados

y una mirada vacía desde el fondo de uno mismo

11.3.11

etapas

todo nos parecía enorme. sanguinario, trágico hasta el pescuezo, extremo, colorido, proveniente de un lugar que parecía desconocido, el inconciente, los sentidos agudizados en un sonido imperceptible (todos los sentidos).

llorábamos sin quererlo al tener sexo porque sentíamos que las manos del otro eran cuchillos sacándonos la piel de a trozos grandes y cuadrados, y reíamos cuando un hombre moría en plena calle, porque pensábamos que era un show de payasos. con narices rojas y pies grandes como aletas, saltando entusiasmados para ganar plata en un semáforo. las manzanas parecían cocodrilos y las comíamos con culpa pensando que faltábamos a las leyes de la naturaleza, pero eran nuestras preferidas, después de los elefantes que nos parecían chocolates amargos y calientes.

los escalofríos venían con el calor del mediodía porque los icebergs siempre se asomaban de noche, cuando el mar ondeaba en olas gigantes y nos bajaba la presión bruscamente. las flores que nos brotaban cuando nos golpeábamos las usábamos después para decorar las fiestas de fiebre, en las que el afectado bailaba liviano y seco, y parecía un enano sobre todo si era viejo.

teníamos cierto fanatismo por lo imaginario. luego despertamos, y nuestras madres ya tenían preparada la cena, que tenía forma de un recuerdo lejano con el que jugábamos en los atardeceres de verano.

cuanto menos de verano, mejor.

1.3.11

la imagen

de un pasado a esta parte el tiempo ha cambiado. creo que mis manos están llenas de espinas, pero no te asustes porque aún puedo tocarte, o creer que te toco en el aire y sentir una mezcla de sosiego, placer y turbia culpa. cuando una imagen se sienta a mi lado mientras leo poesías que no puedo descifrar pero que se me cuelan en los huesos como el frío o el delantal blanco a las enfermeras esqueléticas que siempre caminan por el hospital, entonces tengo que rozarla porque sino los edificios de enfrente se caen sobre mi cara y me hacen agujeros enormes como cráteres de planetas remotos que a nadie le importa reparar. es una protección, el caliz que me salva, el otoño asomado entre el calor de la tarde. y las imágenes que son preciosas y suaves como un bebé que no hay que cuidar, entonces de entre las barras del banco aparecen y nunca se van hasta que mis espinas las hacen sangrar todas. les brota del cuerpo un montón de recuerdos, y en mi cabeza florecen imágenes exactas y contundentes, un beso que siente mi lengua, un abrazo que hace que mis brazos hagan fuerza para retenerlo, y el amor en cada percepción como un condimento indispensable. creo que tu imagen no se te parece en nada, ni siquiera tiene tus ojos (ni siquiera tiene ojos) pero la toco y son los tuyos, mojados y débiles, cerrados ante el esplendor de una palabra. ya no tengo las manos fuertes y sólidas, ya no tenés el cuerpo entregado a mi lado, ya no hay un espacio insignificante entre nosotros, la imagen y vos parecen traídos de sueños diferentes, vos de una realidad más bien incomprobable y ella es la verdad de mi carne hecha contorno, con todos mis deseos perpetrados, mis angustias concretadas en los gestos más mundanos. no te estoy pidiendo que te vayas porque me alcanza con lo que tengo (un sueño, casi nada), pero es que ya el tiempo ha pasado sobre los bancos de la plaza, ya polvos de tormenta, gotas gruesas de lluvia de verano, culos transpirados sucios grandes pequeños muchos, se han posado en el banco que antes ocupábamos nosotros, y no está mal mi amor, porque en mis ojos sólo hay imágenes y con eso me basta. que cada vez que leo poemas y un temblor estrepitoso me sube hasta el pescuezo, sé que mis manos van a buscarte en el aire y si sos vos o no, si es tu imagen el sueño de un futuro que nunca podré regalarle a mi andrajosa vigilia, qué importa.

16.2.11

sueño con serpientes

las serpientes están brotando de mi boca. pero no pueden, me las tengo que tragar todas mientras me miro al espejo y cuento uno a uno mis defectos. recuerdo que alguna vez no tuve nada: ni una mueca tonta, cómo pude. cómo sabía el café amargo cuando era perfecta, de qué manera el tiempo aplasta las cicatrices. de qué manera las aplastará.

las serpientes tienen gusto a veneno con edulcorante. y me hacen llorar de lo ricas, del ardor en los labios. mi sangre parece brotar naturalmente, como gotea el agua cuando escampa en las paredes de afuera. siempre de afuera. donde están mis serpientes ahora, porque se me escaparon y no puedo tragarlas. creo que una se me parece, pero no me acuerdo de mi cara. estoy llorando profundamente, pienso en un muerto pálido, en un pantano, en las horas del reloj de atrás. las serpientes me están rodeando los pies, para que no me caiga nunca. para que tampoco me mueva. y cierro los ojos con fuerza. ahora otra aparece, y descubro: salen del vidrio de mi espejo, yo las tengo todo el tiempo. hasta que pueda moverme y llegar afuera antes de que sea de noche. ya estoy atada a los azulejos. las serpientes nunca se miran entre sí: siempre me buscan. estoy apretando los puños porque los tengo libres, preparando una piña que las lance fuera de mi vista. pero no tengo fuerza. quiero tanto entregarme a mi boca sucia, a su ardor repulsivo, que no me muevo. y recuerdo tanto el sol que me enceguece. las serpientes están sobre mis ojos, cubriéndome. ya no puedo salvarlo, estaré ciega para siempre, hasta que pueda tragarlas. ya no tengo saliva en el cuerpo, tengo aire pesado de verano. el aire pesado de las cuatro de la mañana.

nunca será otra hora para mi reloj de atrás.

11.2.11

cine

un niño ve una película de los años cincuenta
quizás antes, donde hombres y mujeres bailan
blancos en un fondo negro
una música que carraspea y a veces es aguda
mientras sonríen detrás de sus sombreros
y se miran falsamente enamorados
muy falsamente
no tan enamorados.
se mece en su sillón marrón brillante
mientras la casa duerme en una paz tan aparente
que sospecha que en cualquier momento
todos renacerán como bestias.
lo olvida. ella lo besa y al niño le brillan los ojos
con asomobro y pudor. la casa calla, cómplice,
los padres duermen sin tocarse demasiado.
ha pasado un hombre borracho cantando un tango
por la vereda desierta. el niño lo olvida porque ahora
él le devuelve el beso con una pasión insospechada
mientras los demás bailan de fondo y negros.
cierra los ojos. se imagina besando a la misma mujer
o a lo mejor una más cercana, como la vecina
que a veces también lleva un sombrero.
vuelve a sonar la música con ritmo regular
pero es sólo un fondo para su amor eterno.
se hunde cada vez más en el sillón, embelesado,
y nunca más abre los ojos
al menos en sus años treinta, quizás después
al menos besando a una mujer con sombrero
y un gesto inquisidor detrás del velo de su sonrisa.

7.2.11

la cáscara

pensamiento continuo. dos copas chocándose en la casa de al lado.
una necesidad cada vez más desbordante de estar sola mientras abrazo todas mis cicatrices
y les saco la sangre y la veo en mis manos.
no debe lavarse la herida, porque la cáscara que la cubre se desprende
no debe lavarse la herida, porque la cáscara
los médicos hacen resonar las campanas de la muerte
cada vez que me clavan los ojos buscando un parecido con el paciente
me quedo sorda cuando me dicen que soy polvo
cuando me dicen que no debo tomar lo que prefiero, que mejor no morir antes de tiempo.
pensamiento continuo. resbalones en una calle mojada
que tiene charcos con tu nombre escrito en el fondo: voy a buscarlo
me empapé las manos, salgo a correr entre la gente lenta
y una vieja me golpea con la cartera y me dice nena sos pelotuda
no puedo darme vuelta para asesinarla. no puedo olvidar tu cuerpo
por cada cosa inútil que me distraiga. un hombre se te parece
pero nunca es el hombre. siempre es otro el que me abraza. debo abrazar
mis cicatrices porque si la cáscara se desprende
sangra.
no puedo olvidarme de tus ojos, creo que estoy llorando.
pensamiento continuo. sacar turno con el médico
ahorrar plata trabajando de costurera, de electricista, de prostituta,
de vendedora ambulante de tortillas
de guardavidas en una playa del centro
los médicos me miran asombrados desde arriba.
pensamiento continuo. clavan sus ojos en una cara que se me parece.