11.3.09

La muerte.

Y al borde y al final está la muerte, parada en el límite que nunca llegaremos a conocer. Saluda a veces cuando a alguien se le escapa a su nombre. Con el tiempo ya es más que una palabra y la oímos respirar. Cuidado, no es más que un final. Un único e inservible final. Casi tan inservible como el comienzo. O podría decir que tal vez menos, al menos servirá para que dejemos de ser tan inservibles. Y habrá tal vez un dolor casi instantáneo, y no tendremos ni tiempo para sentirlo, como todos los momentos que creímos eternos. Es mentira que se reirá de nosotros; a ella le dará lo mismo. Estemos o no, le dará lo mismo. A lo sumo le importará al mundo, pero eso no durará mucho.

5.3.09

Sueños.

Probablemente, quizás
el mejor recuerdo de mi inútil vida
fue aquel momento en que tus ojos,
tus límpidos y relucientes
y renovados
y solitarios ojos
me tradujeron
tus sueños.




Cada uno de tus inocentes
y tímidos sueños,
y entonces supe que yo era el único camino
más o menos seguro
para que pudieras, aunque sea,
besarlos con la mirada,
llevarte una imagen,
quitarles el alma,
yo o mis labios,
o mi tiempo malgastado,
o mis palabras rotas,
como las de este poema que sin quererlo
se me cae a pedazos.
Pero nunca en tus sueños y tú,
siempre en mis brazos.

3.3.09

El otro lado.

¿Y a vos qué te importa que yo llore? Si siempre vas a estar del otro lado de la ventana, donde chocan las gotitas de lluvia pero nunca se sienten, donde tenés una imagen perfecta de todo lo que pasa. Qué te importa que esté yo acá y vos allá si es como si hubiera un abismo, y sólo te hace falta dar el paso, arriesgarte a perder la seguridad del cuarto, lastimarte los nudillos con el vidrio, llenarme la casa de sangre. Y fijate cómo te tiemblan las piernas porque hace ya mucho tiempo que estás sentado en el mismo lugar mientras todo pasa como inadvertido, no transpirás ni un poquito por nadie, ni siquiera sabés mentir porque tus ojos me dicen todo, o el reflejo de tus ojos, que están del otro lado de la ventana, y es inevitable ver que lloran.

25.2.09

La masa negra.

Un mosquito se posó tímidamente en el vaso que alguien se había olvidado, y por torpe e irracional no tuvo opción que resbalarse y caerse en el agua haciendo un sonidito tierno y sutil. Salpicó unas gotitas de agua que se disolvieron en su cabeza e intentó nadar de acá para allá, como un loco, aunque no tardó mucho en resignarse y quedarse quieto esperando que alguna deidad lo rescatase. Y no supo si fue una deidad o una ley de la naturaleza, pero de sí mismo salió otro mosquito, con la mitad de su tamaño, y era un bebé y estaba tan indefenso que no supo qué hacer, y no tuvo mucho tiempo para pensar en eso porque no tardó en aparecer otro, y luego otro casi instantáneamente, como si su cuerpo sin huesos fuera una máquina de hacer mosquitos, pequeños e inconcientes, intentando salir de aquella enorme piscina que era el vaso. Ya eran incontables los mosquitos que salían de su cuerpito, veinte, treinta, cuarenta, ciento veintidós bichitos intentando rescatarse a sí mismos de su propio nacimiento, y ya no eran más que una enorme masa negra adentro de un vaso ordinario, y que luego se rebalsó y se convirtió en una agrupación innumerable de partículas negras que recorría sin destino una sola pieza que era como la inmensidad. Nadie controlaba sus movimientos, se dejaban llevar por el impulso de ser una masa sola y vomitiva, hasta lograr dejar todos los rincones del cuarto llenos de sus cuerpitos sedientos de sangre.

12.2.09

Los puentes.

A veces se me hiela la sangre,
se me doblan los huesos,
me recorre por el cuerpo
una sensación infame
y no gasto mi tiempo
en ponerle un nombre,
dejo que llegue a los pies
y busco al sol como desesperada,
y soy de repente
la persona más estúpida del mundo,
y trato de crear rayitos
así entre mis dedos.
Pero nunca aparecen,
porque están lejos,
como mi sangre,
como mis huesos.
Están lejos y nunca
vendrán a buscarme.
Aunque pueda escribir de vez en cuando
unas palabras aladas
y casi poder sentirlos
quemándome la piel.

10.2.09

La libertad.

La encontramos y tenía las alas rotas, su sangre era la lluvia más pura de la tierra y se despertaba cada vez que escuchaba mi susurro frío, le corría por la frente un sudor que espantaba y los ojos se le abrían como intentando salir. Besé las plumas como si estuvieran vivas, y las hice volar. Pero fue el viento, y ella sonrió. La miré, le sonreí, la lloré, la insulté, la sufrí. Otra vez cayó y otro ala se me disolvió en los dedos, y luego fue ceniza y por fin se incorporó cómoda al viento, como la primera, y una a una todas fueron escapándose de mis peligrosas manos. Ella cerró los ojos titubeantes y fríos, me besó la punta de los dedos y poco a poco me los fue congelando. Dos, tres, veinte segundos, pequeñas eternidades, esbozó un gesto indescifrable. Quiso quererme, quiso en verdad quererme, lo quiso con los huesos, con todos los músculos de su carita blanca, con todos los elementos metafísicos que alguien inventó. Pero se disolvió ella también con sus alas, y con la niebla, y con el viento. Y con ella. Y fue libertad.