25.4.08

Lo que vemos, lo que nos mira.

Las interrelaciones entre el humano y lo que lo rodea son infinitas. Tan infinitas que apenas se encuentra advertido de ellas.
Pero el punto de inflexión está en aquel momento en que el hombre en su misma esencia es capaz de verlas. El ida y vuelta, la integridad, en el mundo, ser parte. Ahí es cuando se da cuenta de una realidad que, si bien es relativamente existente, le abre las puertas hacia la percepción, el saber mirar. La amplitud de esa mirada es, naturalmente, infinita. Las relaciones anteriormente dichas cobran otro significado, comienzan a ser en su propia esencia. Los ojos las ven. ¿Pero serán esos ojos los que le muestran el mundo al hombre, o el hombre el que le muestra el mundo a los ojos? ¿Son esas relaciones reales o serán un invento de la propia soledad? Aparece automáticamente la idea de aislamiento junto al planteo sobre la existencia. No sabemos si hay realidad, si estamos integrados al mundo a basamos nuestras acciones en hacer al mundo parte de nosotros.
Hay algo ahí afuera innegablemente presente. Tan presente que no podemos ver más allá de la presencia, y sin embargo esta nos ve tan detalladamente que ya casi no le servimos. Ahí es donde comienza el juego de conexiones y capacidad de percepción, porque tanto la mirada externa como la interna funcionan y cofuncionan constantemente, pero al mismo tiempo de manera aislada. Somos muy limitadamente capaces de saber en qué nos relacionamos con lo demás porque apenas tenemos la seguridad de nuestra relación con nosotros mismos. Y en nosotros mismos está la clave, y por eso es tan difícil.

23.4.08

Hacer falta.

La realidad es una y que no querramos verla, es otra cuestión. Hoy mientras leía Rayuela sentía que cada palabra escrita me llevaba a alguna situación de mi vida y no podía concentrarme en ese mundo tan fantástico y abstracto y a la misma vez real que es el que relata Cortázar ahí.
Y me vi llorando, porque lloro cuando alguien me dice, sea cual sea, una verdad. Lloro aunque no me duela, lloro porque quiero seguir soñando, quiero seguir viajando y volviendo por un rato. ¿Pero qué puedo hacer más que aceptar que estoy parada acá, y ese no es más que un libro hecho en alguna que otra fábrica, y esas no son más que palabras impresas, así infinitamente a través de las páginas, como lo que por ser mucho ya no importa en su individualidad?
Así me cuesta tal vez un poco asimilar esa ambigüedad que tienen los textos y las letras, esa otra cara que apenas puedo ver porque hay un mundo en el que por más que no quiera sigo viviendo y no digo viviendo, digo sobreviviendo.
Sobrevivir hasta quedar deshecha de tanto estar al borde de la locura, de la irrealidad. Porque no hay peor pecado que la irrealidad cuando hay tanto miedo y es todo tan trágico, y nada mejor que insultar y vivir enojado con la vida que es sólo mía y de nadie más.
Y por ser tan mía y por ser yo tan responsable de ella me hago aire entre los aires, entre las multitudes y las cosas fugaces, soy tan insignificante y me siento la nada, me siento un trozo del rompecabezas que apenas importa. Lo que sí importa es que todo cierre a la perfección y si me necesitan, bueno, acá estoy... Como haciendo falta pero por haber nacido, porque no queda otra que hacer falta.
Sino no hay objetivo, no hay decisión, no hay futuro... ¿Y qué me importa el futuro, esa cosa tan cerrada, tan idiota? No sé porqué pensar en algo más, siempre hay que pensar en algo más que no sea lo que estoy pensando... Aunque sea una estupidez, la inflación, los paros universitarios, el agua hirviendo... No quedarme ni un minuto quieta, no parar a pensar que es lo mismo estar o no estar, vivir o morir. Si total hago falta por hacer, porque hay que hacer algo.

22.4.08

El padecimiento diario.

La ventana del aula es como una salida y al mismo tiempo el sabernos incapacitados de escapar, y el mundo nos encierra apenas pudiendo respirar, soportando cada momento pero padeciendo ese deseo que sabemos no se cumple. El deseo de llenarnos y de esa libertad, y es que no vale nada. El tiempo corre pesado, cansándose cada vez un poco más, rogando morir. Y ahí es cuando deseamos todos juntos y nos convertimos en la tristeza y la eterna espera, la espera de los besos, de los palabras que se pudren de tanta impaciencia y pierden la gracia. Ya no lloramos por ese reloj que no avanza ni ese respiro que falta, nos entregamos al padecimiento de saber nuestra impotencia, que no hace nada y tampoco nos ayuda en nuestra lucha contra la estúpida lentitud del tiempo, de los discursos monótonos y los murmullos. Que ahora gritan, y sollozan desesperados porque se clave esa aguja ahí, en un número iluso, dibujado apenas en ese mapa del engaño, puesto ahí porque debe estar, mientras decimo tras un alivio que ese timbre no fue tan bueno como esperábamos.


Circunstancia: Clase de física de ayer, me agarró un poco de inspiración mientras Sofi escribía nombres en la calculadora, o era simplemente el hecho de que prefiero cualquier cosa antes de hacer ejercicios de tal disciplina. Caput, hasta la vista. Se hace un poco más ameno el blog cuando escribo así, y hoy me puse a escribirle cartas a la gente que nunca les daré, pero me sirvió de descarga.
Ah! y cuando pueda voy a postear las cosas que tengo que hacer antes de morir, lo que odio que me pasen y las cosas imprescindibles en mi vida, como para distender un poco. Igual amo el blog, no sé. Gracias a los visitantes crónicos y a los pasajeros, o bueno, gracias por leerme aunque sea un poquito.
Buena suerte.

21.4.08

Ojos.

Pareciera que las cosas nunca terminan de cerrar. Por ahí pase algo inesperado, se abra una puerta, se cierren otras. Cambien de un día para el otro las imágenes, los instantes, las visiones.


Como si estuviera esperando tan impaciente la llegada de algo que se que nunca vendrá, como si el tiempo fuera a traicionarme y yo esa impotente que con las manos atadas y los ojos vendados intenta percibir al mundo lo mejor que puede. ¿Y qué hago yo con todo lo que tengo alrededor? ¿Qué hago con lo efímero, lo que no quiero dejar ir? Y puede que deba quedarme aquí sentada, deseando y deseando tanto que al final, ya me voy a olvidar de todo y las cosas volverán a lo que fueron.

19.4.08

Nobles y plebeyos.

Y de repente me pongo a pensar en eso que piensan los viejos nostálgicos, los niños curiosos, los que aman sin amar, los que lloran por no reír, los que rien por no llorar...
Y ese pensamiento se transforma en esas cosas que por ser de todos dejan de ser mías, que se van con mi suspiro y vuelven sin que las llame. Esas cosas que apenas existen, porque de un momento al otro ya no pienso en nada y vuelvo a llenarme de realidad, vuelvo a vivir, como si fuera tan fácil volver, y es que todo vuelve. Y ahora soso vos, mañana será este otoño, o será el recuerdo que se irá haciendo y deshaciendo mientras aún lo recuerde, así como puede ser que te esfumes y no existas, o nunca lo hayas hecho. O me estés mintiendo y todo sea aire y pensamientos que me golpean inútilmente. La inutilidad que se convierte en mi salvación para dejar de pensar que no hay niños, ni viejos, ni llantos. No hay una mente, ni un vos. Sólo hay un yo y mis ojos que crean y destruyen todo cuanto se les cruza en el camino.

17.4.08

Te quiero.

Querer. Quererse. Quererse de una forma desgarradora, brutal, al punto de superar magnitudes, de romper delicadezas. Querer amando el cariño, querer sin pensar, como en un mundo y no en el otro, como sumergido. Y ahí es donde se desbarranca, donde no se entiende. Ahí es donde todo se paraliza y él, el querido, el que quiere... él vuelve a pensar. Vuelve a pensar que al final es mentira. Es mentira que hay otro lugar, que la perfecta utopía existe. Ese abrazo. Perderse. Se desampara, se distribuye en milésimas partes a través del aire, se escapa de las manos. Desaparece casi sin poder percibirlo, y, recién rompiéndose, se da cuenta de su propia fragilidad. De que quiere tanto y al mismo tiempo odia, odia profunda y rencorosamente, odia dónde está parado, porque no tiene otro lugar donde pararse. Porque todo lo encierra en sí mismo, porque no puede escapar. ¿Y qué va a hacer, llorar, pedir perdón, gritar? No. Quiere.