15.5.11

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Las líneas de mi vida están trazadas como se trazan las líneas de un rectángulo. Las que determinan el ancho son grandes columnas de cemento, con manchas de polvo entre la pintura descascarada, y se desmoronan en cada viento, aunque sea una leve brisa sobre el mar que las enfrenta. Aquellas que limitan el largo, parecen colosales caminos frondosos y atraviesan todos los paisajes posibles: desde las inmensas llanuras sin respiro de relieve, hasta las montañas sempiternas sin siquiera diminutos agujeros desde los que tomar el aire. Y yo, en el medio, soy el cuerpo fútil al vacío: me estrangulo por salir de mi jaula, pero al tiempo que sobrepaso, en una tercera, las dos dimensiones que me enlazan y sostienen en el mundo, un gran temblor me sacude, por decirlo, desde la punta de los pies a la cabeza, y todo mi cuerpo parece un fantasma, y si me vieran intentarían atravesarme sin sospechar de mi presencia ni la angustia que develo en mis ojos. Por eso simplemente duermo en mi sueño tan forzado, y quisiera llorar si sólo pudiera: no tener los medios físicos para hacerlo, pero sí todas las ideas del método es, para mis palabras intrascendentes, el mayor mal que ha sacudido al mundo. Al mío, al de los otros, y al de las líneas que me encierran más allá del mar que las enfrenta.

Cuando alguien me posee e intenta hacerme – hacer de mí una cosa que fuera a significar más que esa misma cosa, un objeto con nombre y mayúsculas, cuando quiere rebelarse, tal vez sin saberlo, a la existencia de todo lo palpable y hasta lo etéreo – yo me extraigo en millones de formas. La libertad que tengo para hacerlo, que es sin dudas, más que poca, me presionaría los pulmones y me haría estallar en grandes trozos hacia las distraídas cabezas, si tan solo tuviera un cuerpo que encarnara todas las acciones de descarga. Y sin embargo al posarse sobre mí ese dibujo imbécil, que sólo funciona físicamente, estrujándome los miembros a punto de tortura, clavándoseme como se clavan todas las agujas en las venas, sólo siento una penetración constante, un ir y venir de un flujo de materialidades, que a simple vista no se parecen ni por asomo a lo que el escribiente quiso decir en ellas. Las formas que resultan de un movimiento, aunque intencionado, no pueden ser más que eso. Y yo soy un maniquí, el que las ve caer y las recoge, soy un gran depósito de intentos frustrados, un reflejo tosco de las mayores profundidades, todas las ilusiones representadas, el canal de la efusión más allá de lo que existe, donde caen estrepitosamente desdichas desordenadas, que luego se unifican donde yo aparezco, en el único portal más infiel que uno mismo.

1 comentario:

Florencio dijo...

me encanta.
vibra.....!
gracias por leerme,
gracias por darme para leer.