30.12.08

Tiempo de verano.

Las noches de calor no solían ser muy agradables allí, todo se volvía pegajoso e insoportable, y nunca venía el respiro que durante todo el día se esperaba. Llovía un poquito de vez en cuando, pero era tan desesperante buscar la gota entre el aire denso que no resultaba una tarea difícil rendirse ante el insomnio. Mamá decía siempre que faltaba poco para el invierno, que todo iba a ser diferente en algunos meses y que nos íbamos a acordar del calor con mucha nostalgia. Porque ella decía, siempre van a querer lo que no está. Y así no se puede. En realidad sí se podía, era la forma más natural y razonable que encontrábamos de tener una ilusión: pensar únicamente en lo que se había ido, o en lo que estaba por venir, pero nunca gozar del presente, porque el presente era como esas cosas que están tan cerca y están todo el tiempo y que ya no dan ganas ni de verlas, pudren desde el primer momento en el que uno sabe que existen. Y para qué las queríamos, para qué querer el aire que se pegaba a nuestro bracitos blandos, qué hacer con la transpiración y con el llanto de los bebés, qué hacer con que no hubiera tiempo para nada, con la falta de ganas.
Nada. Salvo dejar que a la madrugada, cuando toda la ciudad se convertía en un escalofriante silencio, los sueños poco a poco se fueran metiendo entre los poros llenos de toxinas liberadas, recorrieran la sangre y los músculos duros, besaran los pies cansados y las sonrisas borradas y con su música triste fueran haciéndonos sentir como el presente jamás lo hubiera hecho. Libres, ajenos a la tristeza de la noche, aferrados por fin a lo más sólido que teníamos, los recuerdos de otras noches, de otras pieles, del agua que nunca dejaba de caer.

25.12.08

Valores.

Hacer valer lo que se tiene
como un tesoro
más valioso que el tiempo,
más perfecto que la muerte,
arrasador del viento
y de las tristezas.
Y rozar con manos firmes
y cubiertas
hasta sus más íntimas
hendiduras
de rocío viejo y de muertes,
la amenaza cabizbaja
del futuro.
No golpearla, no romperla
en el entusiasmo y en la risa,
besarla con los dedos,
como a una preciosura
y olvidarse por un rato
de la horribre suerte
que trae en su mentira,
tentada por el engaño,
dulce por la esperanza,
trae amaneceres
poblados de soles,
desprovistos de vientos
y de lágrimas,
trae una cascada de palabras
pura y febril,
buscando ser traducidas
por las horas
que nunca serán.

19.12.08

Cuatro minutos.

Es increíble cómo cuatro minutos inmensamente miserables y sucios y malditos, parte insignificante de la fosa del tiempo que con ellos se va renovando, pueden bastar y sobrar y exceder los límites de la conciencia para llenarlo a uno de lo que la eternidad no le hubiera dado nunca, besarlo de pies a cabeza, apasionarlo y entristecerlo sin darse cuenta, volverse más pesados que la misma vida, convertirse en la carga más grande e insoportable que se pudo haber sentido nunca, hacer que los esfuerzos se disuelvan en un pedacito de aire y que todo deje de estar en un lugar, de tener un nombre, de ser seguro. Y cómo uno a medida que se van disolviendo, porque en algún momento tienen que disolverse, y a pesar de haber atravesado los límites de las sensaciones, de los hallazgos y de las inseguridades, a pesar de haberse deshidratado de llanto y de haber creído que los segundos eran la representación más perfecta de la eternidad, uno en una parte de sí, escondida o enterrada o invisible, los necesita tanto que siempre los está buscando, por todas partes, en toda oportunidad, en cada caricia o en cada golpe, los necesita porque sumados a uno y sumados a lo que hay que desenpolvar en un momento, cuando ya no hay excusas rutinarias para cubrirlo, hacen que vuelva la gracia si es que alguna vez estuvo. Por eso serán cuatro, serán diez, pero no mucho más, no serán horas ni serán días, y ni hablar de meses o de años o de décadas, de eso nunca porque allí todo está horriblemente resumido y apelmazado en definiciones, serán apenas una ráfaga de tiempo porque eso es el tiempo, una ráfaga que a pesar de serlo algo toca, sobre todo cuando son cuatro minutos, ni siquiera diez, y sí tal vez meses o años o décadas, algo en algún momento tiene que tocar, porque le gusta tocar lo intacto, lo reluciente por no haberse estrenado nunca, le gusta meterse en la parte más fría y más lejana a la vista. Y a pesar del esfuerzo que se puede hacer durante días, durante meses o décadas o siglos o pequeñas eternidades para cubrirlo disimuladamente, de repente los cuatro minutos, o los diez, o esos traicioneros días o meses o décadas, lo sacan afuera de un golpe, sin pensarlo nadie, sin saberlo nadie, y a pesar de ser lo más horrible y avergonzante que a uno en sólo cuatro minutos le puede pasar, no deja de buscarlos incansablemente.

13.12.08

La era de los giles.

Los giles son los que olvidan el futuro y creen presente al pasado, los que no saben apreciar las cosas hermosas sólo porque se creen aún más hermosos que ellas, los que pierden el tiempo en nada cuando podrían perderlo en todo. Los que no miden nada y luego se lamentan por todo, los que se quejan por quejarse y nunca agradecen, los que lloran por lo que pasó y no esbozan una sonrisa porque es más costoso, los que toman los atajos para ser feliz cuando en realidad la felicidad es el camino, los que se ríen de los demás y lloran delante de sí mismos. Aquellos que vuelcan sus frustraciones arruinando el bienestar ajeno y se creen dueños del otro, cuando en realidad ni siquiera saben cuán libres son de ellos mismos, aquellos que confunden sentir con pensar y su mente y su corazón nunca pueden ponerse de acuerdo, quienes se inclinan siempre a la parte más liviana de la balanza, los que hacen un mundo de todo sin saber que en verdad todo es un mundo. Son los que comparan las cosas cuando en realidad las cosas son diferentes, los que simplifican para simplificarse, cuando en realidad se complican aún más, los que esperan eternamente perdiéndose el valioso tiempo de la espera, los que ansían el futuro sin saber que lo están viviendo, los que se lamentan por todo y sólo disfrutan su propio lamento. Los que piden perdón sólo para no sentir culpa, los que no aceptan las disculpas sólo porque se creen demasiado. Los giles, realmente giles, son los que no saben nada, los que no disfrutan nada, y creen vivir.

12.12.08

Autoengaño.

Sentirse incompleto no es cosa de todos los días, sólo surge en unos pocos momentos en los que de repente todo se pone intranquilo y uno no sabe tantas cosas que creía sabidas, no desea tantas cosas que creía realmente deseadas. Apenas algo muy pequeño se desmorona, todo se cae detrás casi al instante, deja de tener el calor de la costumbre para volverse frío y turbio, y uno extraña tanto la comodidad de saber lo que pasa y lo que se siente que es capaz de autoengañarse, con tal de creerse feliz. Y en el autoengaño se empiezan a arrastrar otras cosas, los días pasan sin que nadie se de cuenta y el alma, muy muy adentro el alma, se va rompiendo porque ya no tiene sostén, no tiene ilusiones ni sueños, ni futuros ni nada, tiene una mentira que de tan evidente que es lastima. Lo peor es que no se puede hacer nada contra eso, contra el deseo que ya no lo es o contra las seguridades que tambalean como si uno las apoyara en la punta de los dedos y sin hacer demasiado esfuerzo por retenerlas las dejara caer, quedándose solo con el engaño. Porque cuánto acompaña el engaño cuando de abandono se trata, siempre que se cree uno solo viene él prácticamente sin que lo llamen a llenar el huequito que algo dejó y todo aparenta ser tan normal, que nos olvidamos por completo de lo que pasó.

8.12.08

Algo sobre los besos.

Un beso, para una persona cuyos labios ya están resquebrajándose de secos, puede significar el más importante objetivo y una vez que alguien se lo concede, sin importar la raza, el color o la religión, el premio más grande que pudo haber soñado. Porque con el tiempo, la boca se va tornando espesa y sucia, si es que no recibe en ella la pureza de la boca ajena, si es que no se llena aunque sea una vez, o mejor aún con cierta frecuencia, de la belleza inefable de sentir en uno, quizás la parte más oculta, que no se ve ni en las palabras, ni en los gestos ni en los ojos, del otro. Y ni hablar de besar, por elección o por obligación, varias bocas en cierto período de tiempo, al punto de no saber distinguir uno, los aromas, los sabores y las sensaciones que cada una da. Por eso es tan difícil valorar el beso cuando ya se están desgastando los pobres labios, y hasta tienen arrugas o cicatrices, cuyos victimarios son indescifrables, y entra la desesperación a rondar, hasta que se decide dejar de besar.
La comodidad de sentir propia siempre la misma boca es a la vez de conformismo y satisfacción, y uno sabe que al otro día, sin tener que hacer demasiadas predicciones, contará con la misma humedad y el mismo sabor compartido, y no presenta entonces el beso demasiadas preocupaciones ni inesperadas sorpresas, simplemente un placer que, según lo que uno elija, puede hacerse diferente cada día.

30.11.08

A José.

Por ahí fue porque era domingo y no teníamos nada mejor que hacer, además era de esos domingos en los que pareciera que el clima se pone de acuerdo con el día de la semana, y es todo tan triste que uno siente que asomar la nariz por la ventana sería morir desintegrado de melancolía.
Así que no nos asomamos a ningún lado, y tratando de engañar un poco la tristeza, comprobamos que los gatos eran alérgicos al vapor. Tanto me había molestado José con eso, con que vas a ver que si lo ponés al gatito un ratito al lado de una ducha empieza a estornudar de una manera muy simpática, y después la naricita se le humedece toda. Y no tarda mucho para que se le debiliten las patitas y vos lo veas tan débil que te de lástima tocarlo. Ojo con eso de que es contagioso, me decía serio mientras yo trataba de distraerme un poco con el paisaje gris, no vaya a ser que se te contagie a vos también, pero no perdemos nada con intentarlo.
Y entonces yo un poco resignada agarré al gatito, era muy lindo y chiquito, hasta me dio un poco de lástima encerrarlo, pero tuve que hacerlo porque a las cosas no hay que apegárseles demasiado, y abría la ducha mientras él se lamía la pata izquierda y me miraba de vez en cuando con cara de nada. Cuando estuvo por fin cayendo el agua caliente y ya estaba empañado el vidrio del espejo, me escapé sigilosa, y su mirada me seguía, nada peor que esas pupilas de gato dilatadas, que te dan ganas de abrazarlo fuerte y no dejarlo nunca más solo.
Esperamos inquietos en la puerta con un cronómetro viejo que de vez en cuando se paraba, no nos importaba porque era muy entretenida e incómoda la espera. Los maullidos del gato eran los que hacía siempre, sólo para molestar. Pero con los minutos se hacían cada vez más agudos, y hasta parecían de sufrimiento, pero no podíamos parar el cronómetro porque sí, el experimento tenía que tener un final. Media hora. Hacía ya rato que se había callado el bichito, pero no lo habíamos advertido demasiado. Abrí la puerta con un poco de miedo, y fue tan sorprendente aquella imagen que hasta me dieron ganas de reir, estaba ahí el animal todo mojadito, con los pelitos parados y los ojos caídos, mirándome con una expresión increíble y haciendo un ruidito muy tierno con la nariz, como si estuviera resfriado. Lo toqué muy suave, y me respondió con un ronroneo de satisfacción. Lo llamé a José con las manos, le señalé al gatito, le sonreí y lo abracé de la emoción, y nos quedamos mirándolo los dos, sin importarnos el calor que hacía ahí adentro, ni que el vapor era impresionante, ni que por primera vez, el animalito nos estaba saludando.

26.11.08

Orden y progreso.

Progresar, a veces, no es más que un comienzo de etapa. No es prolongación, ni cambio, ni restauración. Es un punto final y brusco que se le pone forzosamente a algo, por desgaste o por impaciencia, para abrir otro párrafo sin importar lo que su apertura implica. Lo que vale en la mente, en el progreso propio y puro, es la cosa nueva, ese sinónimo de avance irrefenable, de valentía y renovación, que no siempre mantiene una relación con el afuera, o con el pasado que al fin y al cabo, mal que le pese al hermoso futuro, es el que lo creó, le dio nombre y forma y lo va llevando, tranquilamente y al compás de su mentira arutinada, al brusco final. En cuanto todo progresa, con una perfección increíble, cabe creer que el orden va de su mano, como si fueran hermanitos, a todos lados. Y en cuanto este, traicionero y orgulloso, le va soltando los dedos tan suavemente que casi es imposible darse cuenta, ahí queda tan solo que apenas puede seguir progresando. Y eso pasa siempre, siempre que se cree tanto en las cosas.

23.11.08

La parte.

El problema está
cuando se deja ver una parte,
un pedacito de la parte sagrada
que en todos crece
y se agranda
y se muere,
cuando entra un ojo y se asoma
por la ventana,
y ve lo que no tiene que ver
ni el ojo, ni el dueño,
ni la nada,
porque la nada es parte,
de la parte que es el sueño,
delicado, frágil, brillante
y triste
que tras la coraza de los días,
poco a poco va creciendo,
y está oscuro,
y está solo
y nadie tiene que verlo.

19.11.08

Corre, Forest.

Es parte del instinto intentar dar un paso más que los propios acontecimientos, imponerse de tal forma al futuro que se cree una confusión entre los tiempos, y no se sepa dónde se ha dejado el pie. La mezcla que se crea es casi intangible, irreconocible entre las horas, que se cruzan unas a otras, y es mágico observar cómo el concepto de período, la división imaginaria de los instantes, se difunde en la misma acción de querer, más allá de las condiciones que impone el orden, adelantarse a trote rápido a la vuelta de la muerte, a la otra vida dentro de una, dentro de otra que aún no se ha vivido y que se empieza a sentir, dulcemente, día tras día, correr en las venas.

Lo más lindo es cuando comienza a dar sus primeros pasos, ella también se antecede a todo, abre poco a poco la ventanita de la novedad, y da un poco de culpa tocar la pureza de lo que está por venir. No se tarda mucho, sin embargo, en entregarse de lleno a las imágenes hermosas que nos traza la incertidumbre de no saber del futuro y, al mismo tiempo, tenerlo tan cerca que casi es posible oírlo respirar.

6.11.08

Mientras espero.

Sabrá el viento llevarme hasta vos,
cuando sea de noche,
y no haya ya ni sombra
ni luz ni sol,
cuando seas en lo más hondo del recuerdo,
cuando se haga carne la voz,
se cierren mis párpados,
y te recuerde y diga no,
no mil veces y una contra
la cama y el sueño,
No, ya no hay
de eso que fue,
de lo que fue y no es,
quién se lo ha tragado,
el tiempo, el desamor,
la guerra,
Las lluvias, los recuerdos,
la impaciencia.
Quién te ha llevado,
de la mano o de los brazos,
quién se ha robado el aliento,
las horas perdidas
sin tiempo.
Quién te traerá esta noche,
como todas las demás,
arrastrándote forzoso
a mí y será otra vez
creerte en un delicioso engaño
que se esfumará
cuando el viento acabe
y sea el día.

27.10.08

Pausa.

Si te beso,
si en silencio te beso,
con furor suave la mano,
el pelo,
si lloro sin pausa,
cuando todo es tan perfecto,
tanto que me angustia
el no querer que te termine.
Y si te sorprende escucharme
susurrando en el bostezo,
cuando ya es de noche y pienso,
qué fácil parece esto de tenerte,
qué frágiles parecen tu cuerpo, tu beso,
si me voy un día
de repente, sin aviso
no pienses nunca, que cambio,
que no amo,
si me voy es
porque no creo, en
verdad no creo
que vos, que algo
como vos, así sin más
ni menos
existe.

16.10.08

El sentido.

Un niño flotando en el tiempo, dueño de nadie, agarradito de su diario en el intento vano de venderlo. Y si no es el diario es su cuerpo, y si no es su cuerpo es su tiempo, tan preciado tiempo de infancia pobre, que en cada segundo le come la vida, le sacrifica el cuerpo y le roba la gracia.
Camina el niño entre nubes que cree sentir bajo sus pies, sueña con alegría en un mundo que huela a frescura y pureza, y no a ese plástico y a petróleo viejo. No encuentra el camino entre ese mar que le contamina los ojos, no le hace falta olerlo para sentir la miseria que lo visita cada día, malvada y orgullosa de su condición de dominio. Intenta nadar en vano para pensar en otra cosa, tal vez en los ojitos brillosos de la muchacha rubia que hacía un rato había pasado con desgano por entre sus escombros, tal vez en cuántos años tendría que esperar para poder tomarle suavemente la mano, llevarla a donde la mente quisiera, enseñarle lo que hay más allá de su mirada hermosa. Y así a tantas otras chicas, con el mismo rostro de nada, de no me importa, no me importa estar sin saberlo al lado de la pobreza en su más honda fosa, estar oliendo el aroma del muerto que en vida aún está.
Por eso llora un poco el niño infeliz, intentando encontrar el camino que lo lleve a algún lugar, a cualquiera, nada en especial, que lo oriente a donde sepa estar, sepa ser y jugar como la muchacha rubia, como su amigo, como su padre. Jugar y olvidar, pero cómo si todo estaba tan tapado de basura, hasta su torso disuelto entre la polusión del aire. Nunca iba a poder quitarse la tristeza que día a día le arrancaba un poquito de vida, se lo tragaba hasta que un día el niño siente que su cuerpo se va bajo el agua, el agua turbia y honda, se va disolviendo como si fuera sal a través del mar, roto. Y no dice nada, siempre agarradito a su diario matutino, siempre resignado a la muerte lejana, estando a sus espaldas marcado el camino hacia algo seguro. Pero qué puede hacer desde allí, ya sin piernas porque están convertidas en polvo y hundidas en sí mismas, sin caderas sucias, sin niñas que mirar. Sólo rendirse a los pies de su vida, que era todo y lo único que tenía, que lo arrastraba con suavidad y cautela a la pasividad más grande que pudo haber soñado, más allá de sus sueños y de sus palabras, más allá de los deseos que pudo haber deseado, más allá de lo que podría haber sido, pasivo en su propio final, dibujando por primera vez una clara sonrisa.

14.10.08

Time.

No la molestes,
duerme,
se baña en sueños
que no son realidad,
que se alejan del humo,
de los cigarrillos,
de las cosas baratas,
y las flores artificiales,
se va de espaldas al mundo
para creer que son eternas
las ocho horas en que es,
en su esencia y en su cuerpo
y en su almita inmadura,
es en todos lados
y en todos los tiempos del mundo
y del no mundo,
dejala no la despiertes,
que sean diez minutos que para ella
serán tal vez miles,
y no tendrán ni una gota de tiempo
ni de agujas ni de números,
serán solo suyos
como una reliquia
que jamás volverá a tocar.

4.10.08

Leer al otro.

Uno al leer al otro se siente chiquitito. Ve a su letra como una pulga que no tiene importancia alguna, que no es ni será nada y está llena de mentiras disfrazadas por el enrosque. Es un poco frustrante, no mucho porque sabe que al final nadie lo va a frenar, si hay algo en los ojos, en el alma, en las manos que por no poder llorar busca en la palabra el lagrimal perfecto. Así sale entre una y otra oración, sin quejarse y sin mojar, no molesta ni llama la atención. Pero llora quien escribe con ímpetu monstruoso, y en un momento descubre la estabilidad perfecta entre el discurso y el dolor pero sin que nada sea explícito o real. Porque al final pone el punto y se termina todo, quita los ojos del papel garabateado y vuelve a su cuerpo y no pasó nada, vuelve a reirse con ganas y a ser amigo del mundo.

26.9.08

Sí llores.

Es tan fácil decirte que no llores, que mires el sol, que sonrías si todo es tan hermoso. Por eso mi amor, si es que aún te quiero, si es que aún sirve de algo, si aún funcionan los lagrimales y no hay que enchufarlos como a todo lo demás, llorá, llorá como nunca lloraste y como nunca lo harás. Llorale al sol que te quema los ojitos, llorale al alma y al pensamiento porque tan mal se llevan, llorale al pasado y a lo que vendrá, que tal incertidumbre te da. Mi amor, si sos tan valiente no reprimas el llanto, no lo guardes en una cajita muy, muy adentro tuyo, porque esa cajita siempre se pierde. No hagas de la vida una carga que te pese en los pies, andá despidiendo así de a poco a las lagrimitas que ruegan por el aire que vos podés darles, mientras pensás en esos ratos, esos tantos ratos que no volverán, que están esfumados así en el tiempo y son, aunque no lo quieras, tan tristes. Sí, es triste pero es maravilloso ver cómo en el espejo ya no sos agua y no luego vapor, sos la pureza del llanto, la verdadera pureza del llanto, como una flor que apenas nace, que quiere crecer, y no puede, porque tiene que esperar. Mucho, mucho tiempo. Aunque no tanto como lo que tarda la lágrima en rodearte la comisura, en que la sientas dulce y tibiecita, como un respiro de mañana. Y así ves pasar las otras, que se van dando paso entre ellas, compañeras de tu alma que resucita. Por eso es importante que no te rindas ahí, que no suene el grito de la rutina o que no te estrangulen las presiones del día, porque así todo se derrumba y volvés a ser la misma falsa sonrisa. Y es tan fácil que pase eso, sobre todo antes de que por fin el trámite termine, y respires muy, muy hondo, tanto que se te hunda en las costillas el vientre y luego lo despidas muy de golpe, como se hacen las cosas que hacen bien y que no se olvidan. Porque nunca olvidás el llanto, porque no agobia, no estrangula, no derrumba. El llanto es vos, es el único que te muestra de un tirón lo que sos, y por eso es tan triste, y por eso te duele tanto. Pero es sólo un ratito, ya después se desempaña el vidrio, ya después volvés a parecer feliz.

22.9.08

El rico.

No, no gastes fortunas en un pasaje al Caribe, no robes un banco ni salgas en televisión, no tengas muchos amantes ni les reces a los santos. Porque eso, eso es como la arena que agarrabas de chico y poco a poco se te escurría entre los deditos, un grano y luego otro y otro y así hasta quedarte vacías las manos, solamente con un poquito de calor del sol. Así vas llenando de fugacidades tu vida y es tan triste, tan triste que no sepas que es inútil, que es estúpido que te creas esas mentiras que los carteles luminosos te venden. Y vos estás tan lleno de billetes gastados que nada te importa, como si en ellos estuviera todo lo que necesitás. Como si en realidad te bastara eso para ser feliz mientras llora el niño y grita de dolor su madre, y no estuvieras en verdad vos también llorando con él, porque no sabés nada, porque la platita no llena el vacío que te está matando, día a día, sin saberlo, mientras en tus manos sólo queda un poquito de calor del sol.

13.9.08

Plegaria para un niño dormido.

Se ponían un poco frías las cosas en esa época del año, sobre todo cuando las dejaban cerca de las ventanas o lejos de las hornallas, que siempre estaba prendidas. Por eso él se enojaba tanto cuando llegaba a casa y estaba su cama helada, y apenas se sentaba le ardían los huesos de una forma brutal y súbita, y gritaba tanto que despertaba a la niña. Pobre niña, que dormía plácidamente y soñaba con jardines y flores de verano, en un invierno tan mortal, y tenía que interrumpir el sueño porque papá era infeliz y no tenía tiempo para no serlo. Así que frunciendo el ceño se levantaba y caminaba pesada a la cocina, que cuando era madrugada estaba más negra que nunca y olía a viejo y encerrado. No debían pasar más que algunos instantes hasta que aparecía el padre con su cara espectral a besarla y a pedirle perdón una y mil veces. Cumplido el acto se entregaba al frío de su cama, y la niña lloraba silenciosa, y ponía esa carita que ponen los niños cuando aguantan el llanto, inflando los cachetes y enrojeciéndose mientras de sus ojos brotan algunas lagrimitas, escapándose de la fuerza que hacen los párpados débiles.
Pero esa noche la niña no lloró, y no por disimular su tristeza, sino porque se sentía bien, realmente bien. Y estaba sola en la cocina minetras miraba la espalda de su padre que poco a poco se alejaba, se internaba en la inmensa oscuridad que tenían las noches allá y desaparecía mientras la dejaba solita, aún más oscura que él. Y soñaba todavía como si no hubiera despertado en realidad, como si estuviera internada en los bosquecitos o en las selvas que su cabecita creaba cuando nadie gritaba ni le decía que debía ser una buena niña y bañarse de vez en cuando y decir adiós al irse. Por eso se reía aunque las hornallas estaban apagadas y el frío se le iba trepando desde la yema de los dedos y la cabecita hasta todos los rincones de su cuerpo que eran arbolitos donde dormían las ardillas y los teros, y donde ella se colgaba como el frío de sus huesos, y luego se caía torpe y feliz mientras la helada le besaba los pies y la inmovilizaba de a poco, dejándole correr por entre el pasto crecido y la lluvia, muriéndose sin parar de reirse, respirando la brisa y el verano que estaba cerca, tanto que ya podía sentirlo.

5.9.08

No es para dar consejos y que luego los citen los oficinistas en las charlas de café, no por inventar verdades ni hacer de una existente algo novedoso, no por adornar con pinceles gruesos las palabras que han usado bien los sabios, ni por hacer de los léxicos vulgares una obra de arte sin las herramientas que precisa un artista.
No es por eso que escribo y mucho menos que hablo si es que hablo alguna vez, no escribo para llenar de aire las mentes y que se crean un poco menos invencibles, y menos para ilustrar realidades catastróficas ni para besar los pies del que nos condena, haciendo del defecto una virtud, como se han mal acostumbrado los que discursean a los gritos, cuyas palabras reciben los que no saben oír.


Escribo porque, como bien han dicho, no puedo dejar de escribir.

31.8.08

Cansarse.

Cansarse
no de los kilómetros
que corren
los pies,
no de los relojes
ni de
las avenidas.
Cansarse de los amores,
de los abrazos,
de las mentiras,
de los sueños
que cada noche
sueña el sueño y nunca
concreta la vida.
Tener las zuelas gastadas
de cargar un cuerpo
colmado
de besos insípidos,
de pasados felices,
de ojos que
desde lejos lo ven
caerse bajo las miles de lunas
que lo supieron abrazar.
Y así morir los párpados
y caer sobre las comisuras
y llorar sobre
el cuello
llantos cansados
de no ser llorados,
amores que aman
sólo
por ser amados.

29.8.08

Presiones.

Desde que tengo el blog, cada vez escribo menos. O al menos no con la espontaneidad con la que escribía antes. Obviamente existen los momentos en los que no puedo parar, y no puedo, y no puedo. Pero de alguna forma este espacio ejerce una presión sobre mí que no puedo controlar. Es decir, la idea que está grabada en el inconciente, que aparece cuando estoy en plena actividad, y que me dice que pronto eso va a estar ahí publicado y lo van a leer varias personas y tiene que gustar. Un poco escondidita está esa idea, siempre. Y aparece cada vez más seguido. No me gusta no poder controlarlo, es estúpido e inútil pensar en algo así.
Pero así como me es inevitable, en ciertos momentos, ponerme a escribir, también lo es pensar en eso. Y me maldigo y me siento limitada y me frustro, pero qué voy a hacer. Tenía que decirlo.
Aunque pocas personas lean el blog, aunque en realidad no signifique nada. Aunque internet realmente nos esté haciendo mierda. Y es tanto lo que nos está haciendo que notarlo en una actividad que me hace tanto bien como esta, me hace sentir una esclava de ella. Y en realidad, todos lo somos.

24.8.08

Versus.

A veces no funcionamos. Ayer encontré un cassette por ahí con una grabación en la que un hombre X hablaba sobre el pensamiento dogmático y el pensamiento crítico. De la violencia. Citó a Fernando Pessoa, que era un loco portugués que en sus escritos creaba en sí mismo muchos autores, cada uno con una característica distinta. En el caso de este fragmento, dos de esos autores mantienen un breve diálogo que ejemplifica claramente la diferencia y la relación entre estos dos pensamientos.


- Caeiro, usted diría que una cosa puede tener un límite pero después de esa cosa puede decir que se extienden las cosas de modo infinito porque hay infinitas cosas.
- No, no le entiendo... ¿Cómo que hay infinitas cosas?
- Claro, lo real es, digámoslo así, un escenario incesantemente multiplicado donde lo infinito prepondera sobre lo infinito. Todo es interminable.
- No... no le entiendo bien.
- Mire - contesta ya un tanto nervioso - supóngase usted los números: después del 23 viene el 24 y el 25, el 26, el 27, el 28 y así hasta el infinito.
- Pero dígame, Campos... ¿qué es el 24?

18.8.08

Amar.

Ayer te compré flores, te escribí una carta y temblé un poco. Fui a visitarte y te di mis regalos y te hablé. De vez en cuando lloraba, después sollozando me recuperaba y te hablaba otra vez. Vos no respondías. Me mirabas, pero parecía perdida tu mirada en algo. Estabas linda, tranquila, sonriente y poco asustada. Por momentos creía que no eras vos. Que alguien me estaba mintiendo. Pero era tu boca seca, eran tus dedos finos. Eras. Me quedé, hablándote cada vez menos y mirándote cada vez más, atónito y feliz, pero esperando algo. Vos no me mirabas. Te ibas. Te habías ido. Y sin embargo, estabas. Sola, sonriente, fría. Amarga y seca, muda, linda, toda. Pero no. Vacía. No tenías nada dentro, nada en ninguna parte. Te habías escapado. Llorando, sola, muerta, andante. Amándote, yo como siempre creía verte y eras vos, muñeca de los cuentos en los que nunca te morís, por más frágil y débil que seas y por más veces que te hayas muerto. Porque tu cuerpo cansado aún resistía a la salida hastía, devolviéndome a vos, a tu boca seca, a tus dedos finos. A vos, sola, fría, vos. Toda, entera, rota, ida. Vos que por amarte estabas y por estar te amaba, intocable y no, marchita y empapada, vulnerable al aliento de la incansable muerte.

15.8.08

Continuidad de los parques - Julio Cortázar.

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.



A partir de hoy de vez en cuando aparecerá en el blog algún que otro texto ajeno que me guste, o que no, lo mismo. Lo importante es escaparle a la peligrosa monotonía. Inauguramos con una delicia de Julio. Relato atrapante, nervioso, perfectamente encausado y que juega con las pasividades que a veces no son tan pasivas.

14.8.08

Sobre mentes y otras cuestiones.

Mira cómo nace en tus ojos,
de intocables cielos y salvajes bravuras,
una ola que arrasa mi cordura
y hace que sea en mí el antojo.
Y así descontrolada la razón,
atada por el implacable deseo,
vuelve serena del paseo
para arrancarme de pieles la pasión.
Aquella que, solitaria,
va renaciendo poco a poco,
y se escapa de la ciencia,
del deber y la paciencia,
para insaltarse ya sin foco,
entre mi alma impulsiva,
y aquella que, irremediable,
piensa.

12.8.08

Instrucciones para ganar un concurso.

- Decorar los discursos con palabras extrañas.
- Alargar oraciones con adjetivos hasta provocar la asfixia del lector.
- Interponer acciones concretas, realizadas preferentemente por partes del cuerpo humano u objetos ordinarios.
- Utilizar un punto y aparte de vez en cuando, como para evitar el aburrimiento o la sensación de longitud extrema.
- Las descripciones no deben ser demasiado extensas, a lo sumo algunos rasgos físicos o cualidades de la personalidad. Nada de doble sentido, ambigüedad o connotación.
- Puntualidad.
- Claridad.
- Escructura ordenada.
- Uno, dos, tres.
- Final. Partida, muerte, encuentro, aclaración del misterio. Cerrado.
- Una única interpretación y si es posible ausencia de metáfora o mensaje.
- Posición neutral. Ni de izquierda, ni de derecha. Ni proletario ni burgués.
- Debe estar basado en la intención de informar un hecho. A lo sumo dos.
- Pocos personajes, para evitar confusiones.
- Seco, inexpresivo.

10.8.08

El lunes.

Mañana es lunes y no venís todavía, mi amor. Llamame, decime que estás porque no te siento más, no existís en mí, solo estoy yo con mi reloj que me deja roja la muñeca. Y escucho esos discos que escuchábamos juntos, ¿te acordás? Las melodías te traen y me hacen llorar, me siento una tonta llorando sabiendo que igual vas a volver, tal vez cuando esté empezando el octavo tema. Siempre lagrimeabas cuando empezaba porque te encantaba la melodía. Ojalá llegués cuando comience a sonar, y llores mientras te abrace, emocionados los dos. Los dos llorando como unos estúpidos, cuando vuelvas, hoy que es domingo y que hace frío y necesito tanto tus abrazos grandes y tus ojos tristes. Por favor mi amor, volvé que ya empieza el tema. Y te lo estás perdiendo.

2.8.08

Los rezos.

La palabra de Dios
es como la del que mira
desde arriba, desde las montañas
o las nubes o los cielos infinitos
y majestuosos,
caer el hambre y la ignorancia que son una ola
también así de infinita
y de majestuosa,
sobre bajas cabezas y rostros
bañados en un llanto incesante
que exige, reza y pide
con el grito de quien no puede hacer
más que gritar,
que al menos aparezca
la mano del tan nombrado,
que dé señales y que los tome
así de la nuca y de los brazos,
y los lleve a lo tan soñado,
a donde hablan los libros,
a donde dice estar lo hermoso,
a lo que sólo se llega
amándolo,
pero no encuentran manera ellos
de amar lo que no da,
lo que sigue igual de arriba,
mientras ellos están igual
de abajo.

29.7.08

Aprendizaje.

Desde hace aproximadamente 15 años, estoy aprendiendo. Cuando nací, mis sentidos me obligaron a percibir al mundo, y por eso lloré, por eso molesté a mi mamá y a los vecinos. Después me acostumbré, y hasta saqué de ellos algo productivo: podía comer, podía decir algunas cosas, podía sentir el olor de mi casa, podía tocar todo lo que se me antojara, e incluso romperlo. Caminé tambaleando y muy torpemente sosteniéndome de lo que me rodeaba, y por fin aprendí a caminar sola. Pero apenas lo aprendí, ya tenía que salir el mundo. Tenía que aprender de verdad. Lo que el jardincito me enseñaba, lo que la maestra me enseñaba, lo que el profesor me enseñaba. Y como me acostumbré a los sentidos, me acostumbré a aprender. Sé que San Martín cruzó Los Andes y así de repente liberó a todo el mundo o a casi todo el mundo, que Sarmiento era lo mejor, casi mejor que San Martín, por haber hecho las escuelas (aunque nos enojábamos con él por esa misma razón, siempre en broma y a escondidas de nuestras maestras), que Belgrano se tiró en el pasto, miró al cielo y se le ocurrió que la bandera tenía que ser así. Y todos estuvieron muy felices por eso. También supe que dos más dos era cuatro porque sí, que el numerito que estaba arriba de otro más grande era una potencia y supe lo que significaba. Me enseñaron que tengo que usar preservativos porque si no me voy a morir o me voy a quedar embarazada y eso no les va a gustar a mis papis y menos a mí porque voy a engordar, que no tengo que decir malas palabras porque eso es sinónimo de que no aprendí nada. También, que debo ser heterosexual, que debo ir a la universidad, que debo ser una persona digna. Aprendí que en la vida me voy a cruzar con gente mala, muy mala que me querrá hacer mucho mal. Y que como voy a la escuela y me enseñaron, jamás me harán nada, porque estoy formada. Sé qué es un objeto directo, un sujeto, un diptongo. No sé para qué sirve saber de ellos. No me servirá para defenderme de la gente mala, ni para ser heterosexual, ni para no decir malas palabras. No me servirá, pero tengo que salir al mundo. Tengo que caminar, ya sin agarrarme de los muebles, ya sin caerme. Caminar. Pero nadie, nadie, ni los preservativos, ni Sarmiento, ni las potencias, me enseñó a vivir.

27.7.08

Cuando te veía.

Cuando te veía mi amor, cuando te veía te juro que sentía cómo se mojaban mis ojos y se me nublaba la vista. Pero te seguía viendo porque siempre estabas hermoso y temblabas como un tonto, me acuerdo que hasta llorabas si te tocaba porque te ponías nervioso. Tan lindo te ponías ahí, tan lindo que me daba lástima tocarte porque era como romperte en pedacitos . Pero después te rearmaba y volvías a ser vos, con tus ojitos brillando entre la niebla de mis ojos y la niebla del aire, volvías a besarme, frío y distante pero más hermoso aún. Por eso te olía hasta retenerte en la memoria y que no te fueras de todos mis sentidos. Y aún no te vas porque sigo sintiéndote clavado en el alma como un escrito o una palabra, estabas tan frío cuando te vi, ayer o hace mucho. Te vi perdido entre el frío como en todos los encuentros, llorando de dolor porque te ibas, te ibas tras la niebla como desapareciendo para siempre, convirtiéndote en una silueta apenas visible. ¡Cómo te seguían brillando los ojitos, igual que ayer, igual que siempre! Tanto que tuve que llorar con vos y hacer del llanto lo último que compartíamos, si es que no compartimos aún el beso helado marcado en la carne de los labios como una tenaza. Sintiéndose incorporado, cada vez que hace frío y se dibuja tu silueta, bailando entre la niebla.

25.7.08

Vivir en la muerte.

Es inevitable que la razón oprima al alma como si fuera un puño asesino, es imposible retorcerlo y sacarlo para siempre del amor y la locura. Sí, se hace eterno el momento en que llega por fin el pensamiento neutral y grita a dos voces las mismas palabras claras, que dice que no, que dice que sí, que dice y dice una y otra vez las mismas cosas hasta encajarlas por fin en lugar del corazón, hasta desplazar al sentimiento tierno y al silencio. Por eso es tan difícil mi amor, escaparse de seguir al manual de la inteligencia y la realidad vomitiva, huir y correr sin un camino y con el viento moviendo el pelo. Por eso es tan difícil, al final, dejarse llevar cerrando los ojos un poquito y soltando el cuerpo y los recuerdos, tirarlos por el río y ahogarse en él, morirse dulcemente.

24.7.08

Resistir.

Mi amor, no resisto a la noche
sin el abrazo tuyo
lleno de soles y sonrisas,
no respiro otro aire
que no sea el tuyo
cuando estás conmigo,
de cerca,
no veo otros ojos
que aquellos que me han sabido mirar
antes de cerrarse en mi beso.
No, se han apretado mis párpados
y reprimido mis sentidos todos
porque no estás para sentirte
entero y real entre mis manos y mis ojos,
no estás ya para confundirte
como si fueras un dibujo
trazado entre las sábanas.
Es porque no estás, sí,
que no hacen esfuerzo por guardarse
mis lágrimas,
que no pueden parar de recordarte
mis restos solitarios y hambrientos,
que en cada palabra vomito
una parte tuya y una parte mía,
para siempre,
porque no estás.

22.7.08

¿?

¿Y qué hacer con la incertidumbre que, clavada en el pecho, se hunde en las entrañas y nos dibuja preguntas entre el cuerpo y el alma? ¿Cómo enfrentar a aquel despiadado que fabrica dudas y hace pensar irremediablemente, obligando a la mente a despertarse de su sueño? ¿Se puede acaso cerrar los ojos para siempre y ver sólo oscuras alusinaciones entre el mundo claro, entre la muerte y la sangre que inunda las calles y los mundos, entre las tristezas y la desesperación? ¿Seremos capaces de inventar con inocencia una sonrisa imborrable a través de los días, sobreviviendo ahí entre las lágrimas saladas y el grito de dolor que se junta con otros gritos aún mas fuertes, que aúllan su presencia a pesar de que los oídos sordos intenten no escucharlos? ¿Y podrán realmente, esos oídos tan sordos, no escucharlos?

17.7.08

Lucía.

Besarla por las noches para luego verla dormir se hacía una tarea deliciosa. Apagaba las luces, acomodaba un poco las sábanas, se quitaba el pelo de la cara, y la miraba. La miraba hasta gastarse los ojos, hasta deshacerse de amor, hasta que llegaba el día. Y llegaba y era otra vez que abriera los ojitos somnolienta, entre el desconcierto y la angustia del nuevo día, y lo mirara extrañada antes de comenzar de nuevo. Pero cuánto la amaba cada vez que tenía que empezar, cuánto lo llenaba de sonrisas y de pasiones verla irse tras la puerta, verla en el espejo, verla. Y que se le derritieran los ojos de amor y de locura, que se le rompieran todos los esquemas de su rutina y de su trabajo apenas lo miraba inocente y le decía que lo amaba casi porque debía decirlo, porque eran ya dos años de casados y era su obligación moral amarlo. En cambio él, él la amaba por ella y más allá del tiempo, la amaba por ser y por irse y por volver a cada instante, la amaba entre los dos y la amaba solo. Cada vez que se iba se le hundía la palabra en el pecho, se le cerraban los ojos y hasta lloraba porque ya no podía enamorarse de nuevo, ya no. Por eso esa mañana lloró tanto que apenas pudo disimularlo a su vuelta, apenas pudo porque le brillaban los ojitos y era de noche y hacía frío afuera. Llegó cansada y enojada, como siempre lo hacía, de un arduo día de trabajo que, fatigada, pasaría a relatar. Mientras él se enamoraba, secándose las lágrimas, por última vez.

El té estaba frío esa noche, frío y amargo porque no había azúcar. Sergio, siempre te olvidás de comprar azúcar, Sergio querido. Porqué hacés las cosas tan mal, no tenés nada que hacer, acá la que hace todo soy yo mi amor, aunque sea andá a comprar azúcar. Dale. ¿Y qué iba a hacer más que amarla e ir a comprarle azúcar? El frío de afuera se sentía hasta en el calor del hogar, pero se puso el abrigo y salió a la calle entre resignado y enojado, no sin antes besarla sutilmente, como para darse el gusto. Comprar azúcar otra vez, siempre lo mismo. La calle estaba terroríficamente vacía, no había ruidos de autos, no había gente, no había nada. Estaba él con su soledad y su tristeza porque ya la extrañaba. Buscó en un par de calles algún almacén, y encontró uno con una iluminación horrible, muy pequeño y triste. No había nadie, ahí tampoco. Esperó inútilmente la extraña aparición de alguien, pero fue en vano. No había azúcar en ningún lado, querida. Ya está, lo tomamos así. Dale, no te enojes.

Lucía, Lucía. Siempre enojándote, y siempre tan linda y tan arreglada. Lucía, si supieras cómo me gusta que te enojes así y te des vuelta y me mires de reojo, cómo me gusta que te vayas a mirar televisión y me dejes solo porque sabés que te extraño, ai Lucía. Verte de lejos es más lindo que tenerte, porque sé que estás cerca pero no tanto, y vos lo sabés, sabés que podés manejarme, hacer lo que quieras, porque me desangro amándote tanto querida, me deshago en mí mismo cuando te veo venir, y no puedo hacer nada más que amarte cuando estás, no puedo hacer nada más que…

Pero Lucía no volvía. Las horas se iban atando a los pies de Sergio, al cuerpo, a los latidos. Lucía no volvía y se iba deshaciendo su imagen poco a poco… se escapaba la cara, los ojos tristes, los brazos cansados… Y sin embargo, aunque ya no estaba su cuerpo frágil ni su boca tibia, aunque iban consumiéndolo las horas de ausencia y de azúcar que faltaba, sin embargo seguía muriéndose de amor hasta los huesos y la carne. La buscaba en cada rincón con la mirada perdida, hacía ya cuántas horas que se había ido a ver televisión, y él, y el azúcar. Había que buscar ese azúcar, pero ella no estaba, había que buscarla a ella, porque no estaba y se había ido a la habitación. Sí, estaba en la habitación pensando en el azúcar, en el frío y en el té. En todo menos en que Sergio la amaba hasta morirse, en que la estaba esperando mientras buscaba el azúcar, y no aparecía y él tampoco iba a buscarla porque sabía que estaba escondidita en la cama con los ojos asomados, qué linda debía estar ahí. Pero no podía verla porque era el azúcar y era ella, porque tenía que estar en algún lado oculto, siempre estaban ocultas las cosas en esa casa, porqué no habrían de estarlo ahora.

Así que buscó un poco más ya bastante agotado, y decidió esperarla sentado en la cocina, esperó y sintió un aroma extraño. Conocía todos sus aromas, pero este era otro. No era el perfume de rosas, no era el jabón de baño ni el jabón en polvo. Era un olor fuerte y estéril, voraz, agresivo. No era ella, ella no estaba ahí. No era el olor que él amaba, no había ningún cuerpo que llevara el olor que él amaba. Y se paró de un salto a buscarla, y qué habría pasado con el azúcar, tal vez lo tenía ella y era una broma para hacerlo sentir mal, siempre tan linda y graciosa. La habitación estaba abierta y vacía, llena de ese olor extraño y vomitivo, como de dulces y de cosas lindas, pero ajeno al fin. Y ahí estaba ella, con los ojitos cerrados como todas las noches en las que la veía dormir, y las sábanas tapándola casi por completo pero dejando salir a sus párpados tristes. Era azúcar lo que estaba en el aire, era ella que estaba llena de dulzuras y de sabores, llena hasta el más mínimo rincón, durmiendo plácida sobre la cama solita, mientras él la besaba y sentía el sabor de lo ajeno, de lo nuevo. De lo que no amaba.

11.7.08

La lluvia.

Tengo una flor escondida en mi cuarto. Es tan amarilla y chiquita, tan chiquita que a veces me cuesta encontrarla entre los libros viejos y mis fotos de bebé. Pero tendrías que ver qué contenta me pongo mamá, cuando de repente aparece y es como si me sonriera, y yo la agarro con mis dos manos y la miro y la acaricio durante un rato largo. La doy vuelta, la estrujo, la beso, la vuelvo a mirar. Lo peor es cuando escucho un ruido de afuera, ahí tengo que volver a guardarla y me da miedo porque puede romperse. Imaginátela mamá, rota ahí, hecha muchos pedacitos repartidos entre los libros, ya no más una flor entera sino un resto muerto y destruido. Por eso la pongo en la palma de mi mano y la apoyo sobre una tapa dura, y arriba le pongo una foto mientras me voy a sentar a la cama para disimular. Cuando entra alguien (sobre todo cuando entrás vos) tengo miedo de que vea algún pétalo amarillo asomado. Pero nunca se dieron cuenta de nada, ella sigue ahí, tan bonita, con el tallo un poquito más oscuro que la vez que la traje, pero yo la quiero igual porque nadie sabe que está. Aunque me contaron en la escuela que cuando arrancás las flores de las plantitas, se mueren. A vos se te mueren, mamá, si cuando arrancás flores se te marchitan y se ponen negras y las tirás casi sin importarte. Pero mi flor amarilla sigue viva desde hace muchos, muchos días, porque yo la beso y la miro mucho. Vos mamá, vos no las mirás, no las besás. Les tirás agua hasta empaparlas, y te encantan los días de lluvia porque la lluvia te ahorra el trabajo. Tampoco las das vuelta, ni las estrujás ni las abrazás. Vos no las querés, por eso las matás cuando las sacás de su plantita. Pero yo a mi flor amarilla la quiero, y sigue tan amarilla como siempre, y no se va a morir salvo el día en que vos entres a mi cuarto, entres y veas la punta de un pétalo asomándose entre los libros viejos y mis fotos de bebé.

10.7.08

Se irán.

Y así se irán consumiendo los días.
Se irán haciendo arena entre mis dedos frágiles,
se irán deformando con el tiempo, con las horas,
se irán y volverán pero ya viejos y ya otros,
con otras caras, con otros nombres,
y ya no seremos lo mismo,
ni vos, ni yo,
ni los días que un día,
algún que otro día
y mejor mientras no sea el día en que
se haga de día la luz,
serán olvido y miseria,
basura descartable como las ratas
o las tristezas,
como los besos y la materia
disuelta en cada gota de aire y
en cada sonrisa.
Se irán así los días, solos y atados
como creíamos tenerlos,
pero no, se irán de espaldas al mundo
y al presente sucio,
cargados de pasados y de nada,
llenos de nosotros,
hacia el recuerdo.

6.7.08

El último alivio.

Otra vez era esa sensación, esa puntada en el medio del pecho como un cuchillo o un viento, ese instante detenido en el tiempo a la espera de algo. Mientras la sangre se iba parando poco a poco, se hacía espesa y lenta, no corría ya porque era imposible sentirla fluir. Ahora se detenía y le quitaba el aliento y luego se lo devolvía y luego se lo quitaba. El tiempo era el mismo pero su paso resultaba pesado y gris, y el pecho doliéndole tanto que le daban ganas de arrancárselo desde la piel a las venas o los huesos, liberarse de él hasta quedar desnudo de cuerpos y heridas. Pero no, se quedaba quietito y solo con su propio ardor mientras se le abrían los ojos sin poder cerrarlos, y se le hacían tan grandes y secos, y no podían mirar a otros lados sino quedarse abiertos aferrados a él. Porque el dolor se integraba y se mezclaba entre cada partícula de su cuerpo y de su sangre. Cómo el pecho se le iba abriendo como un puente derrumbándose, roto ya en su propia herida y lloviendo restos de sí, entregado y libre a la vez. Conviertiéndose así los ojos en dos estrellas opacas y tristes, pero otras al fin, los brazos blandos cayéndose al suelo, el cuerpo otro ya, pequeño y liviano, sin pechos ni dolores, solo e inexistente, flotando en el tiempo.

1.7.08

Así es la vida.

Mañana tal vez se le pase y hasta se alegre un poco. Vos sabés que cuantos más son los días más doloroso se pone todo, como si el dolor se arrastrara y por cada instante se hiciera más grande. Pero ya se siente en el aire, ¿y le ves la sonrisa? Se le nota en los gestos, en las manos. Mañana, vas a ver que mañana va a estar alegre y pleno, se va a olvidar de todo y nos va a abrazar fuerte con esos brazos blancos y enormes, mañana enormes. Y ya no nos va a llamar para que le demos la pastilla, ni va a quejarse por el dolor de cabeza o de los huesos. Por eso vos también te vas a reir, vas a ver, se van a reir juntos gritando como siempre lo hicieron. Los días no van a terminarse nunca y cuando se terminen él va a estar riéndose con vos y conmigo y vamos a estar tomando mate, así que se van a terminar bien, no nos vamos a dar cuenta de nada porque cuando nos reímos no nos damos cuenta de nada. Nos vamos a llenar de sonrisas y anécdotas, tanto, tanto que cuando nos vayamos (porque va a llegar ese día en que haya que irse) vamos a estar felices. Y tan felices que nunca nos vamos a ir, vamos a ser felices para siempre, aunque nos vayamos. Para siempre.

Nube.

Sos grande, inmensa. Y tan lejos estás que es imposible medir distancias y magnitudes, vivimos en otros mundos, vos allá solita y muda en la atmósfera o en el cielo, y yo acá entre el pasto húmedo y el frío. Así sin embargo podemos vernos mientras nos transformamos porque ahora te movés sutil como solés hacer, y yo me muevo sólo por no poder estar quieta y porque me contagiás la inquietud suave pero incesante. Que te lleva y te cambia de color y de forma todo el tiempo, y te mezclás entre otras nubes más grandes que te camuflan, y te perdés solita ahí. Sin embargo no dejo de encontrarte con mis ojos fijos, no dejo de sonreirte mientras te asomás escapándote del encierro y saliendo al ladito del sol. Pero no estás tan linda ahora, tan cerca porque me encandila y ya no hay esa paz que eras, ya no, porque dejaste de moverte y sos sólo el resto irremediable de lo majestuoso.

29.6.08

Los restos.

¿Qué sería de vivir si no fueras vos el empujón, si no fueras la sangre y la esperanza? ¿En qué podría creer si no te viera desde lejos y no fuera a abrazarte, si no estuvieras ahí para sonreir entre los llantos? No lo sé, pero entiendo que la vida tiene esas cosas que no podemos entender, sé que un día tu cuerpo se escapará de mis brazos como un fantasma, que tus labios se volverán intactos a mis labios, que tus manos serán sólo un triste recuerdo para las mías. Es por eso que hago de cada instante una delicia incomparable, que convierto a cada beso en mucho más que él, que vivo cada abrazo como lo inevitablemente finito. Y así te voy desgastando y disfrutando, exprimiéndote hasta el día en que no quede más de vos y tus restos tengan que partir solitarios y tristes. A otra vida y a otra boca y a otras manos y a otra mente que los terminen de deshacer por completo.

28.6.08

El idioma del presente.

El idioma del presente es seco, puntual, directo, frío, insensible. Es mensaje agresivo, es realidad. Es concreto y neutral, dice y no dice nada. Es un lenguaje limitado y general, grita, vocifera, halaga o insulta, no se equilibra, no reparte ni se abre. Generaliza. Habla por hablar, nunca se calla porque necesita desesperadamente estar y ser. No hay espera ni silencios, no hay tiempo ni espacio, hay oleadas de palabras sin repartir, que son una sola y dicen una sola cosa. Es literal, no es ambigüo, no es instintivo ni natural. Es porque debe ser y está porque debe estar, aquí y en todos lados, ahora y todo el tiempo. Como si fuera, en realidad, tan necesario.
No argumenta ni justifica, no busca otras cosas, se cierra en él y anda inevitablemente en sí mismo. A todo tiene una respuesta, todo es o no es, se limita al extremo, al saber o no. Es rápido y cuantitativo, es estético y superficial, se adorna y se disfraza para salir. Es en función a la mirada del otro, actúa o deja de actuar según lo otro, lo demás. Cree en la agresión y la violencia, aplica la mente y no el sentimiento. Vive a través de su propia ignorancia y su propio límite, no sabe y cree saber, no sirve y cree servir. Y así sobrevive a través de los años. Importa. Y sabe cómo actuar para seguir estando, seguro y firme: no siente.



Tal vez me pase por leer mucho a Garcilaso. Posteo número 70.

25.6.08

Ideas.

Y si el amor es ese paradigma de perfección, insuperable, superior y uno de los grandes objetivos del ser humano. ¿Por qué de un día para el otro puede esfumarse y uno irse con el primero que se le cruza o abandonar sin piedad a su eterno amado? Es decir, ¿por qué así como es fuerte también es frágil, así como es infinito es, al mismo tiempo, tan fugaz? Pueden escribirse canciones, cuentos, ensayos, cartas intentando definir desde una visión propia el amor, pero no es más que eso, una visión. Y así se van construyendo las visiones hasta que queda una sola y que es la que hoy tenemos. ¿Pero nos alcanza con tener esa idea prefabricada? ¿O no es necesario armarse de experiencia, de valores y ojos propios para sentir ese amor? Y al hablar de amor como un sentimiento comienza uno a cuestionarse... ¿existe el amor o sólo la palabra que lo define? ¿No es acaso un engaño, un intento inútil de definir algo indefinible y que luego se convierte en una mentira? Mentira arrastrada a través de los siglos, la belleza, las mariposas en la panza, la felicidad. Y tan inefable es que es muy necesario encontrarle una explicación, y ahí esta el amor, como esa palabra colocada, forzada que intenta describir todas aquellas paradojas con las que está construida.

24.6.08

Mis más sinceras disculpas.

Espero no asquearte con mi discurso vacío, con mis silencios, con mi ausencia. Espero no arruinarte con las ganas frustradas, con los momentos perdidos, con las desilusiones. Y que me perdones lo que no hice, lo que sí, lo que haré y no sabrás, pensando en que no intento molestar con mi inocencia perdida, con mis sonrisas idiotas, con mi beso sorpresivo. No intento ser más, no intento buscarte. Dejo que pase el tiempo como entregada, y mientras lo aprovecho. Sólo un poquito.

22.6.08

En el banco.

Sabés que apenas me pongo a pensar en vos se me paralizan las entrañas y se me seca la boca, como si la saliva se encerrara entre los dientes y me torturara desde ahí ansiando tu vuelta. Y se me ponen fijos los ojos en cualquier punto que encuentren, y se hace más denso el pasaje de las horas porque te esperamos, ellas y yo, esperamos aburridas el timbre de tu voz. Así podemos quedarnos días enteros, sentaditas con la sangre helada y la voz bien calladita, no vaya a ser que me susurres bajito y que no pueda escucharte. No, tengo que ser cautelosa sobre todo cuando sé que estás más cerca y pienso en vos ya no como la distancia o la ilusión sino más bien como la realidad y hasta me aburro un poco. Porque el pensamiento se vuelve inútil y tonto, porque para qué pensarte y encerrar la saliva y sentarme ahí si de un segundo al otro te podés hacer verdad, te podés hacer hueso, carne y espíritu y así poder mutarte y volverte muchas veces hasta hartarte de nuevo, seguir el causa natural que tienen estas cosas. Para poder desgarrarme en mi propia necesidad, si es lindo saberte lejos mientras se me paralizan las entrañas y mis dientes se cierran buscando tu boca, y esperándote.

21.6.08

Invierno.

Ahí está, el invierno. Llega como agazapado a la costumbre. Llega y me saluda nostálgico, arrastrando vientos y lluvias pasadas, recuerdos que están como congelados por el tiempo mismo. Vuelven y me dibujan imágenes viejas y gastadas, se traducen en realidades o vientos o nieblas, se hacen reales como la noche temprana, cuando todo vuelve y se hace más crudo porque el frío se siente en la carne y en los huesos. Por eso apenas se ve aquel cielo estrellado que ahora está lleno de turbias tormentas y lágrimas gruesas, que ahora se hace invisible y turbio en la mirada y en el tacto, y lejano en los labios secos. Que se resquebrajan con el viento y las hojas, se quiebran una y otra vez como reviviendo y buscando el beso que el hielo se llevó, buscan desesperados el refugio húmedo y febril de la luz pero no ven más que noches eternas y encerradas en la melancólica rutina. Así espera el labio ya roto, el día impaciente, la brisa imperceptible y el hombre tan solo. Esperan que se vaya la tristeza que trae junio cuando viene sin querer irse, porque nunca se irá.

17.6.08

Llegó la hora.

No es tan fácil escaparse de la propia esencia, de la mismísima realidad impuesta. No es sencillo de un día para el otro convertirse en la independencia para dejar de ser, o acaso se comienza a ser pero cómo saberlo. Corrés como quien corre al horizonte, a las palomas, al viento. Corrés y no sabés a dónde pero lo hacés porque ansiás esa libertad que te aprieta el cuello y los nudillos, y te grita mientras te estalla el tímpano, que salgas y te lo grita tan fuerte que te mareás y después vomitás sin parar. Pero no sabés cómo hacer, te da asco y miedo la independencia, te enfermás pero ya es más allá de la conciencia que avanzás, más allá de vos, porque es así la vida y lo será hasta el último día.

13.6.08

El tiempo que pasa.

Cada mañana me despertaba y entre la lagaña y el bostezo me iba dando cuenta de que ya nada era lo mismo. Siempre me costó asumir la realidad pero era tan notable y triste verte envuelto entre las sábanas con apenas un pelo asomado y un pie del otro lado, con la saliva resignada colgando entre la comisura de tus labios secos. Podía ver al tiempo pasar con sólo detenerme un segundo y que se hiciera imposible el recordarte de la forma que eras, y no por dejar de amarte o de desearte, porque era casi un reflejo hacerlo y tampoco me quejaba, sino más bien por la lástima que me daba la destrucción. Al final hubiera sido mejor decirte las cosas al tiempo e irme y buscar a alguien que supiera cuidarse un poco mejor, y que me quisiera y que por eso no me diera lástima. Pero no, era incapaz de irme porque no dejaba de verte precioso casi por obligación, pero te veía igual como siempre lo había hecho. Aunque las etapas hayan sido superadas y ahora ya no me importe nada porque es otro momento y otra cuestión y otra imagen. Porque siempre cambian las imágenes pero nunca dejé de admirarte de igual forma, a pesar de que me hayas abandonado y no tenga ganas de nada más, sólo de verte envuelto entre las sábanas, ya sin pelo, sin barba, sin años por vivir. Sin todo eso que te hacía vos al final, que hacía al recuerdo que hacía al amor que hacía al ser. Que hoy es, y que te extraña.

8.6.08

Metros.

Verte resulta una tarea ideal, ubicarte entre los cuerpos homogéneos, saberte ahí tan cerca de mi vista, de mi cuerpo. Tan distinto entre el mundo igual. Y no te confundo nunca el pelo ni la barba joven, no veo a otros en vos, te veo a vos como una estela en el infinito, esa parte tan real de mi irrealidad. Ese trozo de vida que me hace falta ver, cuando estás lejos y no te encuentro porque terminás siendo igual al resto, una pieza indispensable en todos los mundos. Por eso me desangro cuando te busco y me voy cuenta de que no te necesito porque sos sólo la ambición y el orgullo del uno y no del otro, sos tan parcial en mi vida. Pero porqué entonces ubicarte me hace pensar en cosas hermosas, y en esas cosas que nunca llegan a ser vos y son sólo una imagen y un conjunto de tu cuerpo desarmado entre la gente y el amor. Entre el amor y nosotros.

6.6.08

Patrón verbal.

Estaba tal vez demasiado ocupado como para pensar en lo desastrosa que era su vida. De un día para el otro tuda su comodidad, esa seguridad que le brindaba su rutina desaparecieron. Y se encontraba sin nada.
Y la vio. Era ella, o su belleza, o el mal día, o el calor. Venía como despreocupada, contenta, real. Todo lo que a él le faltaba, ella lo tenía. Le preguntó la hora, el nombre, las cosas. Y sin saber cómo ni porqué se prendió la blusa, lo miró a los ojos y caminaron hasta el momento en el que ocurrió, y no supieron qué pasó, fue el alboroto y esa soledad. La irrealidad que los dejó que hicieran y deshicieran, que pudieran, sin importar si debían, sin importar el día.
Era el sol otra vez, como esos días cansados, iguales. La vio y qué iba a hacer más que verla, si allí estaba. Y de pronto todo se cortó, y sin recibir una explicación, se fue como si nunca hubiera estado, y su rostro quedó grabado en su memoria. Pero qué importaba si no estaba, si llegó a su casa y vio a su marido y no le habló, pensar en él la hacía sentir tonta. Tenía su recuerdo tan presente, su ausencia tan inútilmente clavada que apenas entendía cómo había cambiado esa hermosa utopía por la idiota realidad.
Los días pasaron y apenas se guardaban los momentos. Y fue en uno de esos donde había algo, donde se encontraban y donde iban y se abrían al ese mundo donde el encuentro no era más que caer lo que parecía, pero no era.

3.6.08

Pasado, pasado...

Era precioso mirar apenas alrededor, verte tan íntegro y perfecto, porque te hacías perfecto apenas volvía a verte, una, dos, mil veces. Porque eras diferente cada segundo, cada beso, y eso era lo que me encantaba de vos, cambiabas como si no hubieras existido nunca, así como yo cambié también y ahora quién sabe qué haría si volvieras con tu imagen real, qué haría. Te dejaría ir como dejo ir las cosas que ya no quiero, dejaría que desaparezcas como siempre lo hiciste, te miraría de lejos y apenas, apenas mirándote, sintiendo cómo te voy perdiendo mientras la imagen se hace lejana, luego una silueta, luego una sombra, luego el viento, luego adiós. Y te veré ir casi sin importarme, olvidándome de todo, recordándote como el pasado, la vergüenza, haciendo ajena tu boca aunque me cueste la vida, creando otra boca tal vez más mía, tal vez. Más perfecta.

31.5.08

Mentira!

El mundo te llama ahí afuera tan desesperado, te pide que salgas, que busques, que mires, que toques. Te pide que seas algo, alguien, que existas, que pertenezcas, que reconozcas. Y así empezás a ver, de a poco, sin saber que te están empujando, obligando, que estás porque tenés que estar y etcétera. Pero qué más da, si no sabés hacer más que responder a los gritos, con acciones, con gestos, creés que basta, que te alcanza. Creés hasta reventar, sólo por creer en algo, por aferrarte a una idea que buena o mala está y punto. Y en la creencia empezás a perderte sin darte cuenta, caminás en función de ella, y el camino termina inevitablemente en la oscura desilusión. Pero cuándo llega esa desilusión sino en la muerte, una muerte que no es muerte sino otra creencia que es al menos más creíble que la otra, o menos, pero ya muerta la primera es necesario siempre que comience a vivir otra, por descarte, por miedo a la soledad. Así te volvés tan dependiente de vos mismo, de algo que ni siquiera es, ideas, ideas y más ideas con las que protegerte de lo que te grita el mundo, ideas que se vuelven tangibles a medida que vas creyéndotelas hasta que dejás de tocarlas para siempre, porque es tan fuerte esa voz que te grita el viento, es tan fuerte el beso que te da la brisa, el color de las hojas, la luz del sol. Es tan fuerte todo eso que no podés escaparte de vos, del suelo, de tus pies. No podés, y por eso se termina el camino, se termina para siempre.

27.5.08

Del 20 de abril de 2005.

No tendría que extrañarte si en realidad estás aún tan tangible como siempre, si soy tan capaz de tocarte en la oscuridad y la ausencia. Puedo sin esfuerzo recrearte como a un dibujo en el recuerdo, a tu voz y al cuerpo vulnerable, la risa, el sudor. No necesito nada. Ni tiempos, ni rutinas, ni momentos. Me basta con sentir el reflejo de tu rostro en el espejo que me acaricia piel a piel, sentir las horas pasar como fugaces y eternas, sentirte tan mío que apenas pueda respirar, vivir, saber que no estás y sos sólo parte de un pasado que no volverá.

25.5.08

Música.

Y suena otra vez tu voz
hoy nueva, real.
Suena alarmante, sonriente
sabe cuándo venir
cuándo no es difícil escucharla;
cuando aparecés entre los libros
y el ritmo inacabable
entre el labio seco y la lágrima sangrante
y venís como insinuante
y gritás como insistente,
qué hacer cuando estás cerca
y me pedís que te abrace
y te entregás al vacío y al miedo,
a la oscuridad del cuarto,
a mi piel que cree oir tu voz y
a tu cuerpo cansado,
a tu risa eufórica,
a tu beso atolondrado.
Tanto creo oírla que te veo entre
las puertas y los jardines, los malvones
y las rosas, los labios y los adoquines,
te veo hermosa como a una estrella
que apenas brilla,
tu boca que se hace mía
cuando venís a la mente sin avisarle
antes,
se hace real tu recuerdo,
se hace memoria el olvido,
se hace esencial lo insignificante.

24.5.08

Un poco de discurso.

En los momentos (esos momentos) en que me pongo a escuchar jazz y a leer es cuando más te necesito. Por una cuestión de armonía, de proporcionalidad. Sí, demasiada ciencia pero ella hizo de mí aquí, de la música acá, del libro allá. De vos quién sabe dónde, tal vez buscando mi cuerpo para abrazarlo, o revolcándote con otra, o besando mi foto mientras suenan las notas y dicen las palabras y recordás compulsivamente mi nombre. Pero al final somos lo mismo, una parcialidad que necesita de la otra para ser total, para ser. Por eso aunque te revuelques aquí o allá y yo sonría, no dejamos de inventarnos enfermos de tanta necesidad. Por eso puedo crearte tan precioso entre las notas y los discursos interminables, entre el pasado y el presente y cuestiones físicas más allá de lo físico. Por eso podés tocarme cuando cerrás los ojos, cuando los abrís, cuando te olvidás. Te es tan fácil hacerme y deshacerme, aunque te vayas, aunque no te importe. Porque nos separa tal vez una distancia interminable pero qué mas da si esa distancia se hace centímetro apenas aparecés entre el sonido, cuestiones metafísicas que nunca vas a entender. ¿Y yo? Y yo menos.

18.5.08

Uno, dos, tres.

No es la unidad sino la pluralidad lo que ensordece y confunde. No es conectarse con uno mismo, ni hacer yoga, ni ir al gimnasio, ni llorar a escondidas. Es asomar la nariz al mundo y al todo que es todo y no hay otra opción, integrar esa nariz, esos ojos, esas manos a la multitud apretada y anónima, se pierde tanto entre las narices y los ojos y las manos y las bocas la noción del tiempo y espacio, y este soy yo y no esa, ni ese, ni todos. Soy yo en mí misma, una fusión o una unidad, un pasado o un presente, una sola o muchas a la vez. Soy a la vez la parte y la separación, la ficción y la realidad, la que ve y la que cierra los ojos y no intenta abrirlos, para qué abrirlos si acaso es tan fácil saberme viva, caminar agregando mi paso al paso ajeno al punto de ser ajena completamente o creérmelo. Es verdad que soy capaz de cuestionarme prácticamente sin problemas quién soy pero como quien diría, sé quién soy porque sé quién no soy, y en esos raptos de esencia se esconde mi eterna mediocridad, la ignorancia. Si sólo tengo quince o veinte o treinta años encima y una noción difusa acerca de todo, de todos, de mí. Una noción que aparece y desaparece y es y no, y se me escapa y vuelve pero de qué me sirve si hay una sola realidad y es esta y cuánto me cuesta estar en ella, cuánto me cuesta.

11.5.08

El final.

No se acaban las páginas por una cuestión física de exterminio de la ciencia, una fórmula irremediable asqueada de realidad y trágicos finales, de es así pero ya no más y no hay forma de cambiarlo. Se acaban porque en el fondo yo quiero que se acaben, cumplan un ciclo que me duele tanto perder pero me indica que es un esclavo de la estupidez y la ciencia que no se justifica más que probándome que existe. Y en su ausencia es en donde muero (o acaso donde vivo) más plenamente, y cómo hoy se consumen solas las páginas que siento mías, pero qué tan mías pueden ser si se escapan de las manos y el cuerpo atolondrado, de los besos que son reales o no y la necesidad que es real o no. Y al hablar de necesidad se me ocurre preguntarme también si acaso necesito algo o si ese algo es accesible, no un manojo de palabras que puedo volcar allí o allá pero no importan demasiado. Al menos no cuando me pongo falsamente racional y veo que en caso de necesitar algo nunca lo voy a conseguir si es que no está a mi alcance, y bebo resignada el té frío y miro la hora como esperando el momento de la fuga.
Lo peor es cuando aparecés vos sin avisarme y volvés mi mente tan maleable y me hacés dudar como una tonta, será acaso porque no te quiero en realidad, quiero que me hagas sonreir entre el viento frío y las lágrimas de cansancio, que me toques apenas con dilacadas manos y un aire de placer. Y cuando estás lejos y te encuentro y me entero de que estás ahí tan vulnerable a que te tome de la espalda o de los hombros y con un beso en la mejilla intente llevarte a mi mundo que cómo se cae a pedazos cuando me doy cuenta de tu ausencia real, lo poco que te quiero y la confusión. No por no saber exactamente si es que te necesito o no, sino por perderme en vos tanto y tan poco a la vez, porque me doy vuelta y el mundo está ahí y no hay manera de escaparnos, es tan fuerte la impotencia que siento cuando te veo a mi lado pero al mismo tiempo tanta gente y tanto aire viciado. Y es necesario cerrar los ojos en el beso infinito para saber y sonreir entre tus labios, saber que no existe esa confusión sino la ambigüedad que me carcome pero qué importa si tan envuelta está mi cintura por tus manos aunque sean las únicas manos y la única cintura y el único mundo en el que creemos, por eso no quiero que me sueltes y sí, porque acaso no sé dónde estoy parada y tus ojos me llevan, y no quiero.

8.5.08

Sentarme a escribir.

Es todos los días, distinta hora, distinto lugar, la misma sensación de sosiego. Una rutina dulce y placentera, necesaria. Sentarme a escribir. No existe día en el que algo no me llame a hacerlo, una dependencia enorme, vomitar las cosas que vengo guardando y que están tan contenidas.
Puedo llamarlo refugio, salida, irrealidad. Pero no existe, es indescriptible lo que soy yo cuando dejo que las palabras se escapen, una esclava de la inconciencia. Como si muriera y volviera a nacer unos minutos después, pero son tan lindos esos minutos antes, el tiempo pleno y puro, el silencio. Un respiro después de tanto ahogo, el placer abstracto de saber que nada existe, solo algo parecido a mí que se convierte en mí para engañarme y sonreir y ser de una vez por todas. No parece tan complicada la acción de dibujar líneas ensambladas que significan palabras que significan cosas que significan. Pero lo es, un estado de esencia, plenitud, yo contra el mundo que es tan fácil respirar, invisible pero presente al fin. Y me encanta luchar contra mí también, una discusión entre quien es y quien escribe, quien busca y quien encuentra, quien ve y quien observa. Es lindo porque puedo ganarme el segundo quien, pero qué engañoso es todo si acaso apenas me doy vuelta desaparece y lo pierdo para siempre, y quién sabe cuándo volverá, tal vez nunca y me vea obligada a ser y a salir al mundo para el que no estoy preparada, sin tan bien estoy con ese quien, si tan bien estaba y tan mal al mismo tiempo.

6.5.08

El virus.

La realidad era desastrosa, ya no había manera de combatir la enfermedad. Y se esparcía cada vez más,no existía partícula que no estuviese infectada por el misterioso virus sin nombre, sin cura. Ingresaba por algún lugar de la boca o las venas o las neuronas y destruía sin evidencias todo cuanto encontraba. Pieles, carnes, huesos, ropa, líquido, tejidos. Era un consumidor peligrosamente ambicioso, y una vez que entraba ya no salía del cuerpo, la partícula, el trozo de aire. Sin embargo era contagioso, de la manera más inexplicable se reproducía y llenaba todos los espacios vacíos de una futura y dolorosa muerte, que se avecinaba y dolía tanto, era insoportable saberlo adentro y esperar resignados el día en que terminara de consumirlos por completo.
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Los días ya estaban acostumbrados a tanto gris, no les sorprendía la sensación de falta de algún que otro trozo de cuerpo, ni ver cómo la ciudad se derrumbaba por dentro, entregada. No había nada que hacer, hacía rato la esperanza estaba muerta y probablemente ellos también, muertos ante la desesperación de no saber, de no encontrar una explicación para todo ese dolor concentrado a través de las calles y los edificios y las plazas que habían sido felices cuando aún había sol y sonrisas y vida. Pero ya no, nadie se quería por haber perdido la lástima, la piedad. Completamente destruidos, aturdidos, feos. Y antaban sin mirarse y hacía meses o años que no besaban más que su propia lágrima, y sólo aparecía de vez en cuando, cuando se daban cuenta de que aún quedaba un resto. Ahí era donde lloraban, llenos de sentir algo tan ajeno, un deseo de volver a ser. Volver. A un mundo casi tan triste como ese, tal vez más. Pero querían, sí que querían, apenas podían, pero era lo único que ansiaban. Saberse vivos, o muertos, o algo. Pero saber sin tener que pasar por el sufrimiento de la entrega, o el extrañar, o el contener. Y tenían que, para saber. No había opción.
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Era tan insano el olor a muerte. Esa, la que robaba más al vivo que al muerto. Porque la soledad era cada día un poco más cuel, se mostraba orgullosa y se reía del desastre. Pero no, no podía llamarse desastre. Más bien la costumbre del horror transformada en rutina prácticamente tangible. El vacío era ya respirable, se veía sin esfuerzo y no molestaba a esa altura, una etapa de extinción de especies y partes, de falta de sentir, y qué iban a sentir si vivos o muertos, muertos estaban. Estar respirando el aire pesado que había sido tan puro alguna vez, y cómo todo se transformaba a través del tiempo sin contar nada, sigilosamente y de repente miraban y era otra cosa eso que había creído tan suyo. Etapas, cambios, aceptarlas. Si acaso había una manera de aceptar la imagen, y la había porque no hacían nada por enfrentar la muerte ajena que ya era vida de tanto morir y nacer y volver a morir, ya no tenía nombre ni expresión, una sensación de vació y aire contaminado por el pasado viviente.
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Terminó y comenzó todo como inacabable, un mundo carcomido por sí mismo, por su propia obsesión y su propio miedo incorporado. Plenitud de sucesos que no habían sucedido y sobrevivía esa confusión de un pueblo que deseaba arraigarse a algo, lo primero, lo más fácil, lo accesible. La eterna necesidad, el miedo enfermizo, la vivencia de la propia entrega, tan entregada que no hacía falta nada, sólo esperar ese momento de imperceptible muerte, consumiéndose mientras tanto cada trozo de cuerpo carnoso, vaciándose de signos vitales poco a poco, una lejanía de la propia esencia que parecía ser tan propia pero no, se escapaba de las manos y los brazos y los ojos como saltamontes, y caían retazos de esa biología que ya no servía, descartable. Y esperaban. Librarse de esa carga de ser y vivir, de sus responsabilidades para, por fin, entregarse a la inexistencia.

3.5.08

El siglo veintiuno: los bandos.

Nos paramos frente (y entre) una sociedad y la miramos objetivamente. Podemos comenzar con la visión general: una mayoría, cuyos principios y costumbres no se escapan ni quieren escaparse de la estupidez, el materialismo, la falta de incentivo, la necesidad. ¿Qué necesidad? Integrarse, cueste lo que cueste, a un grupo, y ese grupo será, naturalmente, el que abarque mayor cantidad de gente, porque al mismo tiempo es el más accesible. ¿Y qué más accesible que esa estupidez, el materialismo, la no-actividad productiva, la mente en un eterno stand-by? Se aferra uno a lo más fácil, una moda impuesta e innegable que está y lo obliga a ser parte de ella y SER ella. ¿Y en qué se justifica esa obligación? En sobrevivir a un mundo colocado, en que miramos a nuestro alrededor y no vemos más que lo que nos muestran, y caemos como moscas en la tela de araña, la venta de una realidad que parece ser la mejor: la pasamos bien, tenemos amigos y somos parte de la sociedad, no estamos aislados y nadie nos discrimina. Creemos ver la perfección, al fin encontramos un lugar en este mundo perdido... ¿O acaso no seguimos tan perdidos como siempre, tal vez más? ¿No andamos, sin saberlo, con una imagen del mundo que no es? Si es tan cruel la realidad afuera de la fantasía de la moda, si ver las cosas tal cual son, si pensar es tan triste... ¿No es mejor vivir en la comidad de la masificación, ser otro ladrillo en la pared? Puede que sí, la vida debe ser teóricamente mejor en esa nube de risas, vacío y música cuadrada, amistades forzadas, besos que no son nada y constante competencia con el par. Pero existe un esfuerzo sobrehumano por pertenecer a esa realidad paralela que se crea a medida que ellos la van llenando de mentiras. Tan real, o no, qué importa, ellos ya están ahí, y puede que estén bien.

Ubicándonos ahora en la otra parte: la minoría. Vemos desde afuera, tan cercano, a ese mundo ya planteado. Los odiamos, nos burlamos, los criticamos e intentamos no parecernos ni un poco a ellos. Podemos basar nuestra existencia en ese esfuerzo de la originalidad, nadar contra la corriente, crear una realidad nueva basada en escuchar música de categoría, leer libros, tomar café y mantener largas charlas filosóficas. ¿Pero no estamos constantemente pensando (naturalmente, porque convivimos) en ese mundo al parecer tan ajeno, intentando la creación de una nueva raza anti-moda? Sí, y la creamos. Pocos, perdidos también, muchos indefinidos. No encontramos un lugar en el mundo, pero sabemos que estamos ubicados lejos, infinitamente lejos de la ignorancia, las masas, la ropa ajustada y la música electrónica. Tal vez sea nuestra única certeza, y de ella nos aferramos. Nos sentimos seguros, aparentemente, con esa personalidad distinta al resto y estamos parcialmente identificados, nos basamos en el pasado como criterio (época de oro de los adolescentes) y nos esforzamos para no ser jóvenes de hoy, no ser iguales.
El planteo está hecho y evidentemente nosotros sabemos que lo hacemos porque queremos (y puedo asegurarlo sin lugar a dudas), con orgullo con ganas. Pero estamos fuertemente integrados a un mundo vacío de nosotros, de inteligencia, de dudas y puede que vivamos en él también, pero somos felices. ¿Somos felices?


Nota 1: Se las dejo picando.
Nota 2: Abro debate, cualquier opinión, sugerencia, oposición, será bienvenida. Bueno, oposición no.
NOTA GENERAL: yo sé que por más que intente poca gente va a leer este texto sin dejarlo por la mitad, al igual que seguramente muchos textos anteriores con más de diez renglones. Lo sé, quería decirlo como para que sepan que tengo bastante clara la realidad, oh maldita realidad.
Pero estoy bastante bien igual, aunque sea infinitamente aburrida yo y mis cosos. Si no fueran míos, seguramente tampoco los leería. Tal vez, no sé. Sí, los leería. Pero mierda, hay un mundo ahí afuera y yo no estoy en él o sí, quién sabe.
Quién?

2.5.08

Fragmento 2.

Y percibirlo era eso tan indescriptible, saberlo ahí. Y llegaba la noche y otra vez esa sensación inefable de tenerlo enfrente, y el besar su pelo bajo la luz tenue del cuarto vacío, tan vacío... Porque no iba a volver, estaba tan claro que aún podía llorar en silencio, avergonzada porque lo había visto, sí, y estaba ahí, y cómo podía ser, si en realidad tan lejos estaba que ni una sombra había dejado en ese rincón, en ese cuarto donde las noches eran suyas...
Y en cada trozo de aire estaba su aroma asesino, llamándola, tan seductor que no podía resistir la tentación de dejarlo todo y buscarlo hasta perder la conciencia, dejar esa vida para comenzar otra de infinito descontrol, sólo porque permanecía en ella ahí clavado el olor del pasado, como un puñal que tampoco intentaba sacarse, si era tan feliz sabiéndolo ahí. Si era tan feliz tocando el aire con la yema de sus dedos, sonriéndole.
Y qué iba a hacer, si la noche no terminaba y podía hacer y deshacer a su antojo, el tiempo no funcionaba y su boca reseca pedía a gritos un pasado que no iba a volver, y cómo asumir que era hora de vivir, que no valía la esperanza a la hora de saber que había un mundo, uno sólo y era ese, y él ya no estaba allí.

29.4.08

Dormías.

Me bastó verte dormir entre las sábanas blancas, con tu cara dibujada entre las arrugas de la tela. Sentía que me estabas mirando, y dormías tan profundo, esa respiración tan pura. Si hubieras sabido cuánto tiempo había apoyado mi mejilla en la almohada, rozando apenas tu boca y aprovechándome inocentemente de tu vulnerabilidad. Y no puedo decir que me aprovechaba si es que aprovecharse no es sentirte mi propiedad entera, es hacerte y deshacerte apenas resoplando un poco sobre tus pestañas, es posar mi dedo índice sobre tu labio reseco, tu boca que me llamaba tan necesitada de la mía. Pero no, el silencio era tan crudo, y para qué recordar el silencio si ahora te movías apenas con un gemido de incomodidad, y pensaba en lo que estarías soñando. Y cómo iba a saberlo si sólo era tu presencia esa certeza, tus ojos ausentes. Tan ausentes que me dolían, me dolía que no supieras que ahora te acariciaba como a un bebé y a su piel de porcelana. No sabías que en tus sueños también estaba yo, respirándote y sonriendo sin importarme el tiempo.

El cementerio.

Era otra vez comprar esas flores y sentir ese cansancio de muerte y soledad. Y asomándose la noche y yéndose un poco esa luz de mediodía arrastrado, me rendí. A ver que al final era otra vez comprar las flores, y ese cementerio tan desierto, y esa oscuridad llena de resentimientos, y ese aire tan pesado y tan lleno de lágrimas que no debieron llorarse. O sí, porque podía respirarlas y saber que ya era una costumbre el sentir tan clavada a la muerte, tan cercana susurrándome, su insinuación. Y se quedaba ahí, junto a mí, cada vez era menos mediodía y más nada, una nada que al llenarse de vos se volvía tangible, real. Poder tocarte al menos en la finitud del viento, saber que en tu presencia estaba la inevitable ausencia que apenas quería saber, para qué si tan linda como siempre permanecías a través del tiempo, a pesar de tanta muerte que tenías que oler. Pobre de vos, cuántas cosas tenías que escuchar, cosas horribles, los llantos, los abrazos. Y vos encerradita ahí, sin saberte viva, sin saber que existía la libertad.
Y hoy ya es tarde porque te dejé, enceguecido porque esa vez me tocó el hombro y me susurró palabras horribles, tan horribles. No vuelvas, no. No lo intentes. Decía y corrí olvidándote por un instante, porque nunca te olvido, pero es que ese momento fue pensarte tan muerta, y no estabas muerta.
Debí salvarte, pero qué iba a hacer, si de cualquier manera íbamos a terminar uno acá y el otro allá, extrañándonos, porque todos quieren que nos extrañemos hasta el último aliento, a pesar de que te supe viva, tan viva que pude haberte tocado y sacado de ese calabozo de olores nauseabundos, la pocilga de la muerte que engaña. Pero ya no, ahora ya no compro flores, ya no te veo tan linda porque fue ella la que te engañó. No vuelvas, no. No lo intentes. Te dijo.

27.4.08

Silencio.

Se trata un poco también de esa vorágine de la finitud. Lo fugaz que se vuelve eterno por ser costumbre incorporada. No detenerse a pensar, la utilidad del tiempo. ¿Es, acaso, tan valioso como dicen o sólo nos distrae para no recordar que todo termina? Un círculo que apenas pericibimos y perseguimos como moscas, o como nosotros a las moscas que siendo moscas ya molestan, por ser en su esencia. Y es en esa mirada limitada del encierro en lo ya establecido se encuentra la paralela estupidez, la falta de magia, la adaptación a un mundo que apenas sabemos que existe pero nos aferramos a él porque parece que es lo más seguro. ¿Y no es esa seguridad tan frágil, tan rompible como pensar que somos capaces de escaparnos de nuestras condiciones prmitivas? Tal vez es la libertad que tenemos como la que se nos quita, sólo por el hecho de ser libres. Ser libres tras un engaño hermoso de difiniciones de cocina. Decidir, el futuro, elegir, posibilidades, errores, aciertos, culpas, responsabilidades, sentido. Toda su abstracción dentro de la independencia tan dependiente de ella misma, de la realidad que limita hasta el útlimo gramo de aire, porque es realidad y tiene un título tan antigüo, tan así y no asá, ¿para qué cambiarla? Si es y está y nos elige como esclavos entregados a la verdad absoluta. Pero en esa esclavitud está la verdadera libertad, la de saber, y sólo saber que no existe ese absolutismo de dominio. ¿Y sabrá la libertad que el esclavo ya asomó una pestaña hacia la luz que enceguece y hace llorar, que ya, en el infinito y horrible silencio de la condición, alguien pudo escaparse y oler y desarmar las piezas de un mundo armado? No, ella no sabe nada. Vive en el engaño de ella misma, la realidad que domina y es dominada, redefinida infinitamente a cada instante, inventada y destruida por las mismas manos. Esas manos que a pesar de su esclavitud monstruosa, aún saben escribir estas palabras. Pero silencio, porque ella no sabe nada.

25.4.08

Lo que vemos, lo que nos mira.

Las interrelaciones entre el humano y lo que lo rodea son infinitas. Tan infinitas que apenas se encuentra advertido de ellas.
Pero el punto de inflexión está en aquel momento en que el hombre en su misma esencia es capaz de verlas. El ida y vuelta, la integridad, en el mundo, ser parte. Ahí es cuando se da cuenta de una realidad que, si bien es relativamente existente, le abre las puertas hacia la percepción, el saber mirar. La amplitud de esa mirada es, naturalmente, infinita. Las relaciones anteriormente dichas cobran otro significado, comienzan a ser en su propia esencia. Los ojos las ven. ¿Pero serán esos ojos los que le muestran el mundo al hombre, o el hombre el que le muestra el mundo a los ojos? ¿Son esas relaciones reales o serán un invento de la propia soledad? Aparece automáticamente la idea de aislamiento junto al planteo sobre la existencia. No sabemos si hay realidad, si estamos integrados al mundo a basamos nuestras acciones en hacer al mundo parte de nosotros.
Hay algo ahí afuera innegablemente presente. Tan presente que no podemos ver más allá de la presencia, y sin embargo esta nos ve tan detalladamente que ya casi no le servimos. Ahí es donde comienza el juego de conexiones y capacidad de percepción, porque tanto la mirada externa como la interna funcionan y cofuncionan constantemente, pero al mismo tiempo de manera aislada. Somos muy limitadamente capaces de saber en qué nos relacionamos con lo demás porque apenas tenemos la seguridad de nuestra relación con nosotros mismos. Y en nosotros mismos está la clave, y por eso es tan difícil.