18.7.10

Al otro lado

El amor lo tenía desechado, había hecho una ardua y detallada selección, o quizás azarosa y arbitraria, y él no estaban entre sus elegidos, no sufría siquiera, por tenerlo, o por ver su figura yéndose, simplemente era un marginado del amor, pobre entre los ricos. Ni mal, siquiera, ni peor que los demás, una nada ínfima disipada entre la gente, deambulando en una soledad profunda y consternada, solo infinitamente por todos los tiempos concebidos, sin amor, desatinado, no amando tiernamente, ni con el corazón desgarrado, desterrado del país de las delicias sufrientes y maravillosas, móvil en un aire hueco, de gente regada absurdamente en llanto o en caricias endiosadas. Rondaba como un ente imperceptible detrás de los cuerpos, sus manos tomadas o partiéndose en golpes, y la suya bailando ridícula en su mundo intenso de destiempos y absurdos, maléfico, infernal, trasladado a otra dimensión de seres que no sienten, consternados ante las manifestaciones amorosas del mundo, sin poder llorar.
Y un día andaba, como todos los días de su existencia en la tierra, con una mano en el bolsillo y otra sosteniendo violentamente un cigarrillo como cualquier hombre puede andar. Los diareros, los estudiantes universitarios, las ancianas que sólo salen para hacer las compras, todos andando estrepitosos, amándose quizás fugazmente, en una mirada al pasar que detenía el tiempo de sus pasos, y él los observaba por sobre sus lentes oscuros, percibía la carencia cuando se le cruzaba y le rozaba la nariz como un rayo. Creía, callado, mirando el repetir monótono de las formas de las baldosas, que si hubiera estado en aquel momento amando a alguien, la diferencia no hubiese sido abismal. Porque al final, todos los hombres eran como él. También andaban por esa calle, y miraban al suelo siguiendo las baldosas, y observaban disimuladamente a la gente, y se lamentaban, como él, de las desgracias de su vida. ¿Qué diferencia podía existir, entonces, entre ellos y él?
Pensó, de repente, en una casa. Una casa que no fuera la suya. Por ejemplo, un matrimonio. Imaginó una mujer muy arrugada, caída toda, las ojeras negras y la raíz del pelo canosa, las caderas ensanchadas y pensó en un hombre, como ella pero en versión masculina, la piel gruesa de fumador, dedos gruesos como salchichas, una panza dura asomada por sobre el pantalón, dos personas completamente amedrentadas, muertas lentamente, como las veía siempre, cuando doblaba una esquina o andaba, como ahora, mirando a la gente. Eso es lo que suelen llamar, algunos, amor, la personificación exacta del amor, todo hecho para ellos, encarnado por ellos, manifestado diaramente en todos los gestos cotidianos. Y sin embargo, esa gente no existía. Vivía en casas que imaginaba lúgubres y oscuras, no tenía proyectos ni ilusiones, no tenía sexo, ni siquiera besaba. Sonrió el hombre, por la desgracia de los otros hombres y mujeres en el mundo, engañados por un dogma que asumían como real. Y por eso se casaban, creía, porque al final es para lo que se vive, para casarse cuando no se tiene otro objetivo en la vida, y se cree que así, al menos, tienen la felicidad asegurada, o quizás un buen papel como ciudadano y miembro de una familia o grupo social. ¿De qué valía, al final, esa reflexión callejera y superficial, que le inspiraban las ancianas que sólo salían para hacer las compras, los universitarios, futuros desgraciados, las mujeres, los hombres, desgraciados presentes? Si el mundo seguía igual, fuera de su cabeza y de su pelo remendado. Soplaba el viento dispersando las hojas, la gente amaba. La gente joven amaba. Creyó que quizás sí. Que si los matrimonios no lo hacían, entonces los jóvenes sí, pero... ¡qué fugaz era esa gente! Como hoy uno los ve radiantes, los muchachos elegantes con sus barbas y sus cuerpos fornidos, las mucachas erguidas y curvilíneas, así los verá luego, corroídos inevitablemente por lo que siempre esperaron. Hoy se aman, entusiasmados, en noches desenfrenadas, y luego acaban casándose pero con otro entusiasmo, como si el mismo tiempo les hubiera absorbido la necesidad de divertirse y debieran, por obligación social o padres estúpidamente sonrientes, contraer un matrimonio que, saben, los conducirán al estado de sus progenitores inevitablemente.
Reflexionaba al ver sus zapatos marrones andando en la acera, uno primero, luego otro, el ritmo de las caminatas le parecía algo fantástico, el movimiento perfectamente coordinado de las piernas, una pierna se adelanta cuando la otra se queda en su lugar para luego hacer al cuerpo avanzar, pero la otra no quiere quedarse atrás y también da el paso. Ellas no se pelean, piensa, no se miran con odio y sin embargo están tan juntas, como él con ellas en esa vereda de invierno, en la que los tres andan, en una soledad terrible, y mientras unas andan el otro piensa. Ahí estaba la clave, se dio cuenta el hombre, frenando su paso inconcientemente, yo pienso. Yo solo. Aunque los tres estuvieran caminando. Por eso andaban tan preciosamente coordinadas, una con la otra se han aliado para hacerlo andar, y si no frenaban él frenaba, y si no avanzaban él lo hacía.
Se topó con un semáforo. Los pensamientos, las reflexiones recurrentes, idas y distraídas, frenaron como él en ese instante de mirar la luz verde, ver los autos pasar frente a sus ojos fugazmente, oír el ensordecedor sonido de la calle, todo estaba coordinado perfectamente, pensó, al distraerse de la vagancia inútil de sus pensamientos. Alzó la vista, por un momento. Alguien esperaba, como él, que el semáforo cambiara, y en lo posible rápidamente, de color. Y pensó que qué lastima que el amor no lo había elegido a él, porque no sabía de lo que se perdía.

1 comentario:

Agustina dijo...

Este texto es simplemente genial, te felicito, me encanta como escribís! :)